No veo a los demás. Estoy solo.
Completamente solo.
Únicamente escucho mi respiración, acelerada por la oleada de adrenalina que el miedo inyecta en mis venas. No puedo ver el cielo y la vegetación me impide distinguir nada más allá del límite del pequeño claro. La oscuridad es casi total, pero siempre he tenido una buena visión nocturna.
Aunque algo me dice que no será suficiente.
Éramos seis. Expertos cada uno en nuestro propio campo, pero ahora... solo quedo yo. No sé qué les ha ocurrido a los demás. No he visto nada. No entiendo nada. Pero dudo que sigan con vida.
"Nadie sale con vida". Eso es lo que nos dijeron pero no nos lo tomamos en serio. Una broma de lugareños. Poco más que rumores.
Ahora estoy seguro de que son rumores fundados. Sí, desde luego que son bien fundados.
Continúo de pie, paralizado. Miro a mi alrededor pero solo veo árboles. En mi mente surge una pregunta: "¿Qué esperabas ver? Estás en un bosque, John. Ponte las pilas." Tardaré un poco en ponérmelas. No las encuentro.
Me sorprendo de seguir siendo capaz de ser sarcástico en semejante situación y por un momento los árboles se desvanecen. El recuerdo de mi hija me asalta sin piedad. Su pelo rubio brilla bajo un sol que solo veo en mi mente. Su sonrisa es obra de una felicidad que ya añoro. Su madre no está. Hace mucho que ya no está. Ella solo me tiene a mí. Me pregunto que será de ella si yo no salgo de aquí. Pienso en mi hermana. Sí, ella podrá ocuparse. La quiero. Las quiero. Una parte de mí ya las echa de menos. Sé que no las voy a volver a ver.
Sé que no saldré de aquí.
Mi hija y mi hermana desaparecen en mi mente y la oscuridad vuelve a nublar mi vista. Palpo mis bolsillos y mi mochila con la intención de realizar un rápido inventario de mis últimas posesiones. Tengo un arma y munición, pero no son de gran calibre. Aaron llevaba una escopeta y Arthur otra, pero allí no estaban ni Aaron ni Arthur, y mucho menos las escopetas. Llevo bengalas, una brújula que no marca el norte desde hace días y un mapa que difícilmente puedo interpretar. No hay más. Los demás llevaban el resto. De repente, mi mochila me parece humillantemente vacía. En un bolsillo lateral mi mano agarra el cilindro de una pequeña linterna. La saco y veo que funciona, a duras penas, pero funciona. "Si muero, al menos no será por un tropezón", pienso en voz alta. Los árboles me devuelven el murmullo de mi propia voz y suman el suyo propio acompañado de una gélida brisa que me pone la piel de gallina.
Con un vestigio de valor cuya procedencia no conozco, decido internarme de nuevo entre la maleza. Avanzo despacio y aparto las ramas de mi camino de la manera más silenciosa posible. Intento no llamar la atención de algo que ya sabe que estoy aquí. Cojo el arma y apunto hacia delante mientras la luz de la linterna guía mis pasos.
Camino durante casi treinta minutos, pero no distingo una zona de otra. No en la noche. Todo me parece igual. Ni siquiera soy capaz de decir si estoy caminando en círculos. No lo sé.
Una rama se agita a mis espaldas y el pánico me eriza el vello de la nuca. Dirijo la luz de mi linterna hacia el lugar de donde creo que provenía el ruido, pero no veo nada. Una segunda oleada de adrenalina obliga a mis piernas a correr. A correr como nunca en mi vida he corrido. Esquivo ramas y raíces por puro instinto aunque algunas me golpean sin poder evitarlo. El pequeño corte en mi mejilla escuece, pero queda ahogado en mi paranoica carrera.
De repente la vegetación se acaba y salgo a una playa fluvial. Es un pequeño río. Puedo vadearlo fácilmente.
Pero no lo hago.
Algo llama mi atención a unos metros de mí. El cielo está despejado y las copas de los árboles ya no impiden el paso de la luz de la luna. Me acerco despacio. Intento dar pasos firmes para que las piedras que piso no hagan demasiado ruido, pero hago ruido de todas formas.
Estoy suficientemente cerca. Ahora sé con seguridad que los demás están muertos: el cuerpo inerte de Anne yace en la orilla, medio sumergida en el agua. No se qué la ha matado, pero ya no lleva ninguna de sus pertenencias. Probablemente alguno de los otros cuatro las cogiera. A Anne ya no le harían falta, a fin de cuentas.
Siento unas ganas irrefrenables de salir corriendo y me permito el lujo de hacerlo. Decido vadear el río. No parece muy profundo, pero al dar el primer paso me hundo casi hasta la cintura. La linterna queda sumergida solo durante un instante pero es suficiente para que me regale el típico parpadeo de despedida. Maldigo en voz alta. ¿Cómo he podido traer a una selva como esta una linterna que no era sumergible?
La sensación de pánico regresa como una brutal corriente eléctrica que me deja totalmente paralizado. Ni siquiera he salido del agua. Está fría.
Al otro lado del río, los árboles únicamente dejan entrever silenciosas tinieblas.
El agua está tan helada que las piernas empiezan a dolerme. El poco raciocinio que queda en mí me obliga a salir del río y, una vez en la orilla, me siento en el suelo. Tengo las botas llenas de agua. Me las quito y me quedo descalzo. Ignoro el cadáver de Anne, situado a pocos metros, en la otra orilla del río.
Me quedo mirando a un punto fijo y mi mente se pierde en los recovecos de la memoria. Empiezo a recordar todo aquello que amo y que no volveré a ver. Pienso de nuevo en mi hija. Ella espera que vuelva. Le prometí que volvería.
Pero no volveré.
Algo líquido me recorre las mejillas, sobresaltándome. ¿Es agua? No, son lágrimas. Estoy llorando. Ser consciente de ello solo lo empeora.
“No quiero morir.” “No quiero morir.” “No quiero morir.”
Grito con toda la fuerza que la desesperanza le otorga a mis pulmones, hasta que mi voz se quiebra. Ahora ya solo se escucha el murmullo del río acompañado de mis desmoralizados sollozos. Cojo mi arma y la sostengo en mi mano derecha.
Todavía puedo elegir mi propio final.
El cuerpo de Anne no tiene marcas, al menos no unas que yo haya podido ver a simple vista. No se cómo ha muerto. La única forma de saberlo sería esperar a que me sucediese lo mismo y la idea no me agrada demasiado.
Escucho un chasquido a mis espaldas y mi corazón deja de latir por un instante. Me doy la vuelta con la pistola en la mano y apunto hacia la maleza, pero no veo nada.
Con la mano izquierda acerco mi mochila y rebusco en ella. Solo dos de las seis bengalas que tengo están todavía secas. Enciendo una y la lanzo hacia los árboles. Su fulgor rojizo es casi sobrenatural. Mientras la bengala cae, sostengo la pistola con una sensación que danza entre la locura y el terror. El pulso comienza a temblarme con violencia cuando la bengala recorta siluetas entre la vegetación.
Una de ellas no es de un árbol.
Sea lo que sea, está ahí. Me está mirando. Eso es el responsable de las desapariciones de los últimos años. Eso ha matado a Anne, Arthur, Aaron, y a todos los demás. La luz de la bengala le da un aspecto casi infernal. Sabe que le veo. Ya no oculta su presencia.
Ya no lo necesita.
“No quiero morir.”
Me doy la vuelta y corro tan rápido como puedo hacia el río. Escucho sus pisadas. Se acerca.
El agua me obliga a ralentizar mis pasos. Me doy la vuelta de nuevo con la intención de atravesarle con una bala pero no llego a apretar el gatillo.
Algo me atraviesa el abdomen. Exhalo mi último aliento frente a “esp”.
Pero no es aquello, es él. Miro más allá. No, son ellos. Me doy cuenta de que no hay nada sobrenatural en aquello. No es Dios quién castiga a los hombres. No querían una solución. No existe solución.
Ahora todo tiene sentido.
Ésta es la verdad del mundo. La verdad que habita bajo las leyes y la religión. Ésta es la realidad desprovista de cualquier adorno ético.
Mientras la vida me abandona me pregunto si iré al infierno. "No", me contesta una voz. Me resulta familiar pero no acabo de reconocerla. “El infierno es el lugar del que te estás yendo." Dedico mi último pensamiento a mi hija y deseo que nunca llegue a conocer la verdad que se esconde bajo la piel de las personas. Deseo que nunca llegue a saber que ya vive en el infierno; que es un ángel entre demonios.

