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Solo pararé para volver a tomar impulso.

Arianne Lekker

   Conduzco sistemáticamente por las intrincadas carreteras secundarias que me llevan (últimamente demasiado a menudo) a casa de mis padres. La nieve se acumula en perfectos montones paralelos a la calzada, señal inequívoca de que una máquina quitanieves había salido a dar un paseo hace poco. El asfalto resbala un poco, así que conduzco a una velocidad moderada y con cuidado. Por aquí no hay cobertura y es de noche, así que si me quedo tirado será en todo su significado.
   Para qué habré hablado. Con un inquietante traqueteo, el coche pierde velocidad y se apaga. Intento encenderlo varias veces pero no responde. Maldigo a prácticamente todo lo que conozco y no me queda más opción que dirigir suavemente el coche hacia un lado de la carretera. Ya frena él solo.
   Cuando salgo, cierro la puerta con un portazo que levanta eco. Por ahora no nieva con fuerza, pero quién sabe lo que me espera. Un par de kilómetros atrás había una casa, probablemente la única en varios kilómetros. Joder, cómo puede pasarme esto. No pierdo más el tiempo y me voy. Si empieza a nevar con más intensidad... no quiero ni pensarlo. Sigo sin cobertura.
   Tardo casi una hora en llegar. Estaba un poco más lejos de lo que creía. La casa es grande, de dos plantas y está muy bien cuidada. Solo espero que sus ocupantes tengan piedad y no sean demasiado desagradables. He visto series de televisión sobre asesinatos cuyo comienzo no era muy diferente a este.
   Tres golpecitos en la puerta de madera y espero. Una voz femenina me pide que espere un segundo y no tarda mucho en recibirme. Por su voz había imaginado que tendría unos treinta años, pero la mujer que me abre la puerta tiene el doble o quizá más. Sin embargo, su edad solo se manifiesta en sus arrugas, porque ni su voz, ni su amable sonrisa ni su porte la reflejan.
   -Disculpe... es que mi coche ha decidido dejar de funcionar un par de kilómetros más adelante...
   -¿Y has venido caminando hasta aquí? -pregunta, visiblemente sorprendida.
   -Sí... no tengo cobertura y creo que ésta es la casa más cercana.
   -Y la única, hijo. ¡La siguiente casa más cercana está a casi diez kilómetros!
   Su tono es tan jovial que me desconcierta.
   -¡Entra! Estarás congelado -me dice.
   -Muchas gracias, señora...
   -¡Oh! Llámame Arianne. Y tutéame, por favor. Si no me harás sentir vieja.
   -Muchas gracias, Arianne. Yo me llamo Bob... Bobby si lo prefieres. ¿Podría usar el teléfono?
   -¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Lo tienes ahí mismo, en el salón. Úsalo todo el tiempo que necesites.
   Arianne me señala el salón y se va a la cocina, de donde sale un aroma maravilloso. Saco el móvil de mi bolsillo para buscar el número de teléfono de mis padres (lo han cambiado hace poco y todavía no me he molestado en aprendérmelo de memoria), pero en cuanto descuelgo el teléfono escucho un estruendo que hace vibrar las ventanas.
   Me quedo pasmado por un momento hasta que Arianne aparece en el umbral.
   -Parece que la nevada se ha convertido en toda una ventisca... -me dice algo preocupada-. Puedes quedarte a pasar la noche aquí. Si quieres, claro.
   -No quiero ser una molestia, Arianne...
   Siendo sincero conmigo mismo... cuando descolgué el teléfono no tenía muchas esperanzas de llegar esta noche a casa de mis padres, pero ahora no tengo esperanza ni de cruzar el porche.
   -No serás ninguna molestia -me asegura con una amable sonrisa-. Con esta ventisca es una locura salir, y así me sentiré menos sola.
   No me queda alternativa, aunque la idea no me desagrada tanto como podría imaginarme.
   -Llama ahora que puedes -me aconseja-. Quién sabe si dentro de una hora la nieve no corta las líneas.
   Y Arianne se va a la cocina otra vez. Mis padres me preguntan mil veces si estoy bien y me aconsejan que no me quede en casa de Arianne. Las series de televisión hacen mucho daño. Al final consigo tranquilizarlos lo suficiente como para que no pongan una denuncia por desaparición antes de que vuelva a llamarlos. Me dispongo a llamar a la grúa, pero con esta nevada no tiene mucho sentido. Esperaré a que amaine.
   Escucho el traqueteo de los cacharros de la cocina e intento reconocer el increíble aroma que inunda la casa desde la cocina mientras voy hacia allí. Arianne lleva puesto un delantal y saca una bandeja de galletas del horno.
   -¿Le gusta cocinar? -pregunto.
   -¡Will! ¡No me trates de usted! -me replica sonriendo-. Cocinar no me gusta mucho, pero sí me gusta comer bien. Estas galletas eran para mí, pero creo que son demasiadas así que te dejaré coger unas cuantas.
   Es encantadora. Es algo que le sale de forma natural, se ve a simple vista.
   -¿Vives aquí sola?
   -Sí, toda esta casa es para mí. Y antes de que preguntes... no, no tengo marido. Nunca me he casado y tampoco tengo hijos. Tengo una hermana que vive en Irlanda con su marido y su hijo, pero nos vemos solo de vez en cuando.
   Estoy a punto de preguntarle si no se siente sola, pero no se si debería. Ella se ríe.
   -Sé lo que estás pensado. Y sí, a veces me siento bastante sola, pero no estoy segura de necesitar compañía.
   La respuesta me desconcierta un poco pero no profundizo más. Me da la impresión de que es demasiado privado como para que yo lo sepa.
   -Coge una -me dice mientras me acerca el plato con las galletas.
   Sabe de maravilla. Reconozco el sabor a chocolate y naranja, aunque sin ellos el sabor seguiría siendo increíble. Arianne me sonríe satisfecha, probablemente porque mi cara debe ser un poema mientras saboreo la galleta de esta forma.
   -¿Te apetece algo de cenar?
   -No tengo mucha hambre -le digo finalmente-. Me bastará con picotear unas pocas galletas.
   Nos vamos los tres (Arianne, las galletas y yo) al salón y mientras ella se sienta en el sofá, yo me dedico a pasear por la estancia. Hay muchas fotos en las que sale una joven y preciosa Arianne acompañada por otra mujer igual de guapa.
   -Tu hermana era muy guapa.
   -Y lo sigue siendo -se ríe ella-, pero esa no es mi hermana.
   -¿Ah, no? Parecéis muy cercanas.
   -Y lo éramos. Ella fue el amor de mi vida.
   La miro, visiblemente sorprendido, y de inmediato me siento avergonzado por mi reacción.
   -L-lo siento, sé que estas cosas son normales, es decir, que cada uno... ama a quien quiere.
   Arianne ni siquiera se siente ofendida, de hecho, me sonríe de nuevo.
   -No te preocupes -me dice-, estoy acostumbrada a miradas extrañas.
   -Ahora los tiempos han cambiado -respondo, aún ruborizado.
   -¿Tú crees? ¿Cuántos años tienes, Will?
   -Veintisiete.
   -¿Y acaso no te has sorprendido? No pretendo culparte de nada, ni mucho menos, pero la gente sigue considerándonos gente "especial", para bien o para mal.
   La verdad, no se qué decir. Sigo mirando las fotos. Eran felices. Eran felices juntas.
   -Las cosas no fueron sencillas, ¿verdad?
   Arianne se toma un momento antes de contestar.
   -No, no lo fueron. Si en estos tiempos la gente cuchichea sin cesar sobre cualquiera que es diferente... imagínate cómo era hace cuarenta años. Ni siquiera en las grandes y modernas ciudades podíamos vivir tranquilas. Si nos cogíamos de la mano por la calle, no dábamos más de diez pasos sin escuchar uno o dos insultos. Dios mío, algunas madres le tapaban los ojos a sus hijos.
   -Eran otros tiempos...
   -Solo hay una diferencia -su sonrisa ya no es tan feliz-: ahora solo importa la apariencia. Nadie es racista, nadie es homófobo... pero los primeros insultos que afloran por la boca de una persona son "negro de mierda" y "maricón". En el fondo, las personas no han cambiado. La diferencia es que quieren hacernos creer que sí, que ahora todo es mejor, que todo el mundo es amable y considerado. ¿Y sabes por qué, Will?
   No ha alzado la voz en ningún momento, es más, ni siquiera está alterada. No habla con resentimiento, habla con tristeza.
   -No -respondo apesadumbrado-, no lo sé.
   -Porque es demasiado duro saber que no son tan buenas personas como creen, que en el fondo, son iguales que los carcamales que nos señalaban por la calle, solo que mejor vestidos.
   No digo nada durante un buen rato. No solo me ha consternado, sino que me siento incluso avergonzado, como si yo tuviese parte de esa culpa, como si yo perteneciese a ese grupo de gente. Y me pregunto si lo soy.
   No, no lo soy. Lo fuí hasta este momento.
   -Madre de Dios... ¡menudo sermón acabo de echarte! Me he puesto demasiado melancólica.
   -¿Dónde está ella?
   Necesitaba preguntárselo. Si me iba a arrepentir, sería de haberlo hecho.
   -Ella se casó.
   Por un instante me había preparado para que me dijese que había fallecido en un accidente o algo así, pero no para eso.
   -¿S-se casó? ¿Por qué?
   Arianne se levanta del sofá con el plato de galletas vacío en la mano.
   -Porque era lo que esperaban de ella.
   Y se va a la cocina, dejándome allí, compungido ante tal historia, entre las fotos de la única persona a la que amó...
   Todo esto me ha dejado un cúmulo de sensaciones contradictorias que no soy capaz de manejar demasiado bien. Arianne no tarda en volver de la cocina.
   -Empieza a ser tarde y si quieres que la grúa venga pronto a recogerte a ti y a tu coche, tendrás que madrugar.
   -¿Cómo lo consigues?
   -¿El qué? -me pregunta sonriendo de nuevo.
   -Vivir aquí sola, sin volverte loca.
   -Escribo novelas.
   ¿De dónde ha podido salir una mujer así?
   -Eres increíble.
   Ella suelta una carcajada. Vuelve a ser una risa viva y joven.
   -¿Estás flirteando conmigo?
   Yo niego con la cabeza, sonriendo, y damos la noche por terminada. Arianne me acompaña a la habitación de invitados y se despide amablemente.
   Me duermo entre la felicidad y la inquietud. Gracias a Dios, la felicidad reduce la inquietud a un leve susurro entre las sábanas.
   Cuando me levanto al día siguiente, Arianne ya está despierta y está preparando un desayuno exquisito. Almorzamos entre bromas y anécdotas y nos despedimos con cierta reticencia.
   -¡Espero que vuelvas a visitarme algún día! -me sugiere.
   -Lo haré, tenlo por seguro. Y muchísimas gracias por todo, Arianne.
   -Gracias a tí por ser tan buena compañía.
   Y me alejo con cuidado para no resbalar en el hielo. Ya he llamado a la grúa y cuando llegue, yo ya estaré junto a mi coche. Al salir de nuevo a la carretera, me fijo en el buzón metálico de color azul de la casa de Arianne. La noche anterior no le había prestado la más mínima atención.
   Lekker.
   "Escribo novelas". Y qué novelas.
   Lekker. Arianne Lekker. He pasado la noche en casa de una de las mejores escritoras del país. Sonrío para mí mismo como un niño el día de su cumpleaños.
   Eres increíble, Arianne. Increíble.

El cliente Nº 12

   Me han dado un uniforme gris. El guardia ha intentado hacerse el gracioso y me ha preguntado si me gusta. Le he contestado: "por supuesto, resalta el color de mis ojos." Noto como mi diafragma se contrae por el golpe. Parece que soy más gracioso que él y eso no le gusta.
   Me llevan por el pasillo, esposado. Los guardias caminan sacando pecho y con la espalda recta, tan orgullosos como si me hubiesen atrapado ellos mismos. Supongo que todavía no han asumido que su trabajo es hacer de niñera de un puñado de psicópatas y enfermos mentales.
   Mi celda es individual; tan pequeña que parece la de un psiquiátrico, aunque nunca he sido amigo de los grandes espacios. Con una sonrisa "profident" también le comento eso al guardia. El segundo golpe en menos de media hora. No es un mal comienzo.
   Solo tengo un camastro, un escritorio que ya debía ser bastante viejo hace cien años y una silla en cuya resistencia no confío demasiado. El ruido que hacen al cerrar la puerta resuena en todo el pasillo y se despiden a carcajadas. Se creen los matones de la cafetería, al menos, mientras nosotros estemos al otro lado de los barrotes. Veo cómo sus obesos traseros se alejan por el pasillo, bañados por los imaginativos insultos de otros reclusos.
   He hecho muchas cosas a lo largo de mi vida, la mayoría de ellas bastante reprobables. Sin embargo, me han encerrado por la única que no he hecho.
   "Si hubiese sido yo, jamás lo hubieseis descubierto", le solté al inútil que intentó interrogarme. Después de aquello farfulló un montón de cosas a las que no presté demasiada atención, pero mis oídos captaron dos palabras: pruebas sólidas.
   ¿Pruebas de qué?
   A algún trastornado se le había ocurrido prenderle fuego a una casa del extrarradio mientras sus ocupantes dormían. Un matrimonio y sus dos hijas murieron mientras su casa ardía hasta los cimientos. Aparte de eso, lo único que sé es que un par de colillas con mi ADN me sitúan en el jardín trasero. Por lo demás, estoy convencido de que no tienen nada. Sin embargo, siempre se necesita un culpable.
    La cárcel no me preocupa. No soy lo que se dice un santo. Lo único que me preocupa ahora es saber la verdad. ¿Por qué había colillas mías en un jardín que nunca he pisado? ¿Quién ha sido capaz de forzar mi arresto y encarcelamiento con solo dos puñeteras colillas?
    Cuando me detuvieron, me estaba tomando mi acostumbrado café de las nueve de la mañana en mi cafetería habitual. Es mi única rutina predecible y me he esforzado mucho en ocultarla, así que las únicas personas que sabían dónde estaba eran los otros clientes habituales de Paul's y los propios empleados.
    Debo dar por sentado que uno de ellos me ha tendido una trampa; alguien que guarda más secretos de los que creía...
    Durante los días siguientes me dedico a descartar posibles candidatos: Paul y su mujer no tienen tiempo ni ganas para otra cosa que no sea su propia cafetería. Los dos camareros son estudiantes: Lucy y Peter. Lucy es encantadora pero no tiene demasiadas luces y el idiota de su novio reclama casi todo su tiempo libre. Peter es un inmigrante mexicano cuya única aspiración a largo plazo es acabar sus estudios universitarios. El cocinero se llama Chad, un antiguo granjero con más de cincuenta años que cocina con tanta vocación como alegría. Y nunca lo he visto sonreír. Su aspecto no inspira confianza, y siendo sincero, no me cuesta mucho trabajo imaginármelo prendiéndole fuego a la casa, pero no se porqué se molestaría tanto en inculparme a mí. Resultaría mucho más sencillo inculpar a cualquier otro.
   Estoy seguro de que ninguno de ellos ha sido el responsable pero, ¿y los clientes?
   De los once clientes habituales, solo tres tenían una mínima posibilidad de estar detrás de todo esto pero era tan poco probable que apenas merecía tenerlos en cuenta.


   Ya ha pasado un mes y no he conseguido nada. Algo se me escapa pero no se el qué. Algo se me escurre entre los dedos.
   En el comedor, uno de los reclusos ha intentado apuñalarme con una navaja improvisada. No estoy herido pero a él le he roto la nuez y ha muerto, así que me han metido en una celda de aislamiento durante dos semanas. Quizás la oscuridad me ayude a pensar, a ver lo que no he visto hasta ahora, pero durante los primeros días nada cambia.


   Al quinto día comienzo a obsesionarme. Incluso mis sueños están plagados de posibles culpables. La idea de que cualquiera de las personas que he descartado pudiese haberlo hecho y que yo sea tan estúpido como para no darme cuenta me destroza por dentro.
   Todo esto me cabrea.
   Hoy en el patio he matado a otro hombre, un narcotraficante al que no le gustan las lenguas afiladas. Me han mandado de nuevo a la celda de aislamiento. La oscuridad no hace más que acrecentar mi inestabilidad y mi paranoia.
   Durante la noche número veintiocho de mi aislamiento, sueño por enésima vez con la cafetería. Todos piden lo mismo. Lucy y Peter revolotean entre las mesas con eficacia. Los gruñidos malhumorados del cocinero se escuchan desde mi asiento. Yo estoy sentado en mi lugar habitual, como todo el mundo, en una esquina, junto a la ventana, siempre de espaldas a la pared. Siempre vigilándolo todo.
   Pero de repente, me doy cuenta de que no vigilaba a todo el mundo. No hay once clientes habituales, hay doce. Doce jodidos clientes.
   Está allí cuando llego y cuando me voy; nunca se levanta, ni para ir al aseo. No fuma; no habla; cuando estoy allí, ya está servido y nunca pide nada más, así que ninguno de los camareros se acerca a su mesa. No interactúa con nadie y su baja estatura hace que desde mi asiento, e incluso de pie, quede oculto tras el alto sillón rojo sobre el que se sienta.
   Pero recuerdo ese día. Ya no se me escurre entre los dedos. No se si ha sido mi obsesión o mi paranoia, o quizás una combinación de ambas. Un día, Lucy se acerca a su mesa, y aunque no escucho en ningún momento la voz del cliente, es obvio que Lucy está hablando con alguien. Ha sido solo un instante, el escaso tiempo que el cliente ha tardado en despachar fugazmente a la camarera. Pero ya está, está ahí. 
   Es él.
   Mañana volveré a mi régimen normal y mandaré una carta. Sí, mandaré una carta. Pero debo tener cuidado, los guardias examinan todo lo que entra y todo lo que sale. En la oscuridad las ideas fluyen más rápidas y certeras.
   Vuelvo a dormirme. Sonriendo.


   Cuatro días después, tengo una visita. No es en el pabellón de visitas, no. Nos han dejado una pequeña sala para nosotros. Se parece a una sala de interrogatorios: una mesa metálica, a la que me esposan, y una silla a cada lado. Un cristal polarizado gobierna la pared que hay a mis espaldas.
   Permanezco sentado durante unos minutos hasta que entra mi esperada visita. Nos dejan solos, me aseguran que las cámaras no están funcionando y que no hay nadie al otro lado de cristal. Mi visita parece tener bastante influencia, y comprendo por qué estoy esposado: es la única protección que tendrá.
   Mi visita es una mujer. No tiene más de treinta años, excelentemente vestida, larga melena negra... si no me hubiese encerrado, hubiese sido mi tipo. 
   -Me ha costado mucho descubrirla, número doce.
   Ella se ríe a carcajadas.
   -Puedo imaginármelo -responde, todavía sonriendo-. ¡Ah! Y su carta me ha hecho mucha gracia, aunque ha confiado demasiado en la suerte.
   -No tenía nada que perder. ¿Le ha gustado mi truquito? Lo aprendí en el colegio.
   -Un truco excelente: enviar la carta a la cafetería y dirigirla al cocinero. Escribió por el reverso con jugo de cebolla y de limón. Con el calor de la cocina, el contenido del reverso de la carta se hace visible. Mi sobrino lo hacía muchas veces.
   -Desde la cocina la veía. Se sentaba justo enfrente así que, fuese usted quien fuese, Chad sabría perfectamete a quién me estaba refiriendo en la carta. Lo primero que decía en el reverso, era que le entregase la carta a usted. Me imagino que el pobre Chad la habrá leído entera, incluso lo que iba dirigido a usted. No creo que vuelva a ser bien recibida allí, señorita.
   -Señora -me corrige-. Señora McPherson.
   McPherson. Por eso tiene tantos recursos, la muy zorra. Es la mujer de un senador.
   -Vayamos al grano, ¿le parece? -ella asiente con la cabeza con un gesto casi divertido-. ¿Por qué?
   -No me reconoce, ¿verdad?
   -Si tuviese que hacerlo, lo haría. Jamás olvido una cara.
   -Me temo que esta vez sí lo has hecho. Flagstaff, Arizona.
   Una chispa se me enciende.
   -Eres Samantha.
   Sus ojos emiten un sutil destello de confirmación.
   -Mataste a Emily. Ahora estas pagando por ello.
   -Parece que una familia inocente también ha pagado por ello. Es curioso, ni siquiera el motivo real de todo esto... ni siquiera eso es culpa mía. Emily murió en un accidente de tráfico.
   -¡La engañaste! Estaba tan destrozada que decidió acabar con su vida.
   -¿Eso es lo que te contaron tus papis?
   Me río. Me río a carcajadas. La muy zorra. Samantha se levanta y aporrea la mesa con fuerza.
   -¡Fue por tu culpa! ¡Hijo de la gran puta!
   La bofetada me deja un suave sabor a sangre en la boca. Sigo riéndome.
   -Tu hermana no se suicidó, ¿sabes? No... no lo hizo. Alguien le cortó los frenos.
   -¡Seguro que fuiste tú!
   -Sí... hubiese sido muy inteligente por mi parte -suelto una carcajada-, pero no, no fui yo. Yo la quería, ¿sabes? La quería. Pero tus padres no me querían tanto como a su hija. Y dicho sea de paso, tampoco querían a su hija como deberían. 
   -¿Qué insinúas?
   -¿Es que no te imaginas todavía quién le cortó los frenos?
   Vuelvo a reírme. No tengo porqué molestarme en parecer cuerdo.
   -Querida Samantha... fue tu propio padre quién decidió acabar con la vida de tu hermana de una forma tan poco honorable.
   Me abofetea de nuevo pero no intento defenderme, aunque si lo hubiese querido, no habría podido. Sigo esposado a una argolla, situada frente a mí, en el canto de la mesa.
   -Tu padre prefería asesinar a su propia hija antes que permitirle a Emily estar conmigo.
   -Y el culpable sigues siendo tú. Si no hubieses aparecido en su vida, ella seguiría viva.
   No parece sorprendida por lo que le acabo de decir pero enseguida entiendo por qué. Ella ya lo sabía. Lo sabía todo.
   -Entonces, ya no hay nada más que hablar.
   Levanto las manos para que compruebe por sí misma lo inútil que resulta molestarse en ponerme unas esposas y su rostro palidece de golpe. No dice nada. Solo se escucha el sonido ahogado de quien intenta respirar por todos los medios pero no tiene posibilidad alguna. Puedo rodear su escuálido cuello con solo una mano y alzarla del suelo casi sin esfuerzo.
   -Nadie vendrá a ayudarte -le digo-. Te has esforzado mucho en que nadie vea o escuche lo que sucede aquí por miedo a que me consideren inocente. Pero ese ha sido un error muy estúpido por tu parte -ella patalea y me mira con los ojos abiertos como platos-. Dado que no voy a poder librarme de la cárcel, al menos me quedaré por algún motivo real y no por el absurdo capricho de una zorra neurótica.
   Samantha deja finalmente de moverse. La suelto y su cuerpo cae al suelo como un saco de huesos.
   Y la hora de visitas llega a su fin.

La dulce y encantadora Marge

   Me apoyo contra el marco de la puerta, agotada. Me he pasado todo el día limpiando la casa de arriba a abajo y, aunque siempre he pensado que limpiar las dos plantas completas era demasiado para una persona sola, nunca he tenido el valor de insinuárselo a Robert. Él dice que es mi obligación, que soy ama de casa y éste es mi trabajo, así que no puedo quejarme. Él siempre trabaja hasta tarde, llega muy cansado y tampoco tiene un ayudante. No sería justo que yo lo tuviese, al menos eso creo yo.
   Mi hijo Michael siempre me pide que descanse, que trabajo demasiado. Yo siempre me río y le digo que si yo no hago las cosas de casa, ¿quién las hará? Él asiente, triste. Últimamente siempre está triste.
   Y últimamente yo siempre estoy cansada.
   Rob y yo no estamos pasando por un buen momento. Él llega tan cansado de trabajar que no razona. Siempre ha sido muy claro en cuanto a mis obligaciones para con la casa, pero últimamente no admitía ningún error. El estrés puede con él.
   A Michael también le está afectando. Casi no habla con él y, cuando lo hace, es a gritos. Cada vez que Mike viene a mí, llorando, le digo que su padre no dice esas cosas de verdad, que trabaja demasiado. Él me responde que yo también trabajo mucho y no digo esas cosas tan malas. A veces me pregunta que porqué no castigo a papá si se porta tan mal con todos. Yo solo le sonrío y le alboroto el pelo.
   Hoy ha llegado a casa muy tarde, pero Michael aún está en el salón viendo la televisión. Mañana no tiene clase y hoy le he dejado. Cuando Robert aparece coge el mando a distancia y cambia de canal. El pequeño protesta pero solo recibe un seco "vete" como respuesta. Mike sabe que no hay más discusión y se va corriendo a su habitación y da un portazo. Rob gruñe.
   Hoy también ha trabajado mucho. Sufre mucho estrés.
   Me pide a gritos una cerveza y un plato de comida: "la que sea" me especifica. Le llevo la lata con un plato de macarrones gratinados que he hecho para los tres. Rob lo coge, lo mira con la nariz arrugada y lo lanza contra la pared.
   -No quiero comer esta mierda, tráeme otra cosa.
   Cuando le digo que no he cocinado otra cosa, su mirada es suficiente para mandarme de vuelta a la cocina. Está demasiado estresado. A lo mejor debería cambiar de trabajo.
   Le escucho gritar varias veces mientras estoy en la cocina, pero no le entiendo y no puedo desatender su cena, si no, me llevaré una buena. Es normal, viene demasiado cansado de trabajar; a mi también me gustaría que todo estuviese a mi gusto después de un duro día de trabajo. Esa es mi obligación como ama de casa.
   Cuando le llevo el plato con su cena recién hecha, ignoro el olor a alcohol que sé que no es por la cerveza que se está tomando. Ya ha bebido antes de llegar a casa. "Seguro que ha salido a tomar algo para intentar relajarse, está demasiado estresado" pienso. Yo también lo haría.
   Prácticamente devora la cena, casi sin pensar siquiera en lo que está comiendo. El partido de fútbol atrae casi toda su atención. Me pide otra cerveza. Voy a por ella obedientemente pero al volver, tropiezo, y le derramo una poca por encima.
   Pero eso es suficiente.
   Veo la ira en sus ojos y yo cierro los míos al ver venir el golpe. Me lo merezco por ser tan torpe, y no es la primera vez. Caigo hacia atrás y tiro a mi paso una antiquísima estantería de vidrio. El estrépito hace salir a Mike corriendo de su habitación, pero al ver la escena se para en seco, conmocionado. Su padre está de pie, enfurecido, con los puños cerrados, mientras su madre intenta ponerse de pie entre cristales y adornos desperdigados por el suelo.
   Rob le mira, pero en sus ojos no encuentra a su padre y el niño empieza a llorar. Me acerco a él y me abraza mientras grita sin cesar "¿porqué le pegas a mamá?".
   -Porque es una zorra inútil.
   La respuesta desconcierta al niño y a mí me aterra. Robert sigue furioso y aquello no ha terminado todavía. Se acerca poco a poco, dispuesto a asestar un segundo golpe.
   Antes de poder darme cuenta, Mike se pone entre los dos, todavía sollozando, pero la determinación de un niño de seis años frente a la ira de un adulto no es suficiente. Intento apartarlo enseguida pero el primer golpe lo recibe él.
   Ha sido una patada en el estómago.
   No puedo evitar ahogar un grito cuando siento cómo el aire abandona los pulmones de mi hijo, como si se tratara de mis propios pulmones. Rob lo aparta de un empellón para tener el camino despejado. Yo intento correr hacia Mikey pero Rob me lo impide con otro golpe. Veo con alivio como Mike se levanta poco a poco mientras intenta recobrar de nuevo la respiración. Pero Rob vuelve a fijarse en su hijo. Vuelve a ser una molestia.
   "No, a mi hijo no."
   Veo que Rob coge una tabla que antes formaba parte de la estantería ya destrozada. La sangre deja de correr por mis venas cuando veo que al final de tabla todavía quedan clavos sobresaliendo. Es la parte con la pretende golpear a Mike.
   La mirada de mi hijo se clava en mí sin piedad. Sus intensos ojos azules, ahora abiertos de par en par, me suplican ayuda. Mike intenta retroceder lo más rápido posible hasta que su espalda toca la pared. Mira a su padre, me mira a mí de nuevo y el pánico le desencaja el rostro de una manera que no puedo soportar.
   Algo se rompe dentro de mí. La sangre vuelve a circular, pero no es como antes. Dejo de sentir dolor, dejo de sentir miedo.
   No siento nada.
   -Michael, vete a tu habitación.
   El tono de mi voz es tan gélido e inhumano que incluso Rob, inmerso en su propia locura, se da la vuelta para mirarme. Michael aprovecha ese momento para salir corriendo, con esa velocidad que solo el miedo a la muerte puede inducir. Debería haber sentido una lástima horrible, mi hijo... solo seis años... y ya había visto a la muerte en los ojos y las manos de su propio padre.
   Aunque ahora no sé que habrá visto en los míos.
   Rob inclina la cabeza, con aquellos ojos verdes convertidos en dura piedra. Pero veo que esta vez no se acerca. Ve en mis ojos que algo ha cambiado. Podría golpearme con esa tabla y matarme de un solo golpe. Él sabe que yo lo sé.
   Escucho de fondo como Mike sigue llorando a pleno pulmón en su cuarto. Sus gritos serían capaces de desgarrar el alma de cualquiera y seguro que ya han alertado a los vecinos. Mejor. Alguien tendrá que ocuparse de él, porque hoy uno de sus padres estará muerto y el otro en comisaría con las manos llenas de sangre.
   Y yo ya sé quién morirá hoy, aunque nunca me lo hubiera imaginado tras abrir la nevera en busca de aquella cerveza.
  Veo venir la tabla y me agacho con tanta tranquilidad como rapidez. Me lanzo hacia la estantería rota y cojo un gran trozo de cristal.
   Rob está demasiado ciego por la ira. Lanza su último golpe y siento como los clavos penetran en la carne de mi brazo. No hay dolor. Con una frialdad que antes me hubiese horrorizado, agarro con fuerza el trozo de cristal y se lo clavo en la garganta a Rob.
   Su sangre se mezcla con la de los cortes de mi mano. Está caliente.
   La expresión de Rob es de burda sorpresa  y la luz de sus ojos verdes se extingue tan rápido como su locura. Sus manos pierden fuerza y la tabla cae, desgarrando la herida de mi brazo.
   Sonrío, espeluznantemente satisfecha.
   El cuerpo de Robert cae sobre mí y su peso me obliga a arrodillarme para poder echarlo a un lado. Permanezco un momento en silencio, observándole casi con curiosidad.
   Al poco rato y siempre con los gritos de Mike de fondo, uno de mis vecinos reúne el valor suficiente para echar mi puerta abajo, pero hace falta más coraje que ese para enfrentarse a la escena que protagonizo.
   Yo, la dulce y encantadora Marge, todavía estoy de rodillas en el suelo. Mi brazo sangra, mi mano sangra y el resto de mi cuerpo está cubierto de una sangre que no es mía. Miro hacia el techo y luego hacia mi valiente vecino. Mi sonrisa le hiela la sangre y mis ojos azules e inhumanos le impiden correr hacia la habitación de Mike. Escuchar sus gritos de terror debe ser horrible.
   El héroe del vecindario por fin se arma de valor para ir a por Mike y lo saca de la casa a toda prisa. Escucho un grito fuera, de mujer. Probablemente una vecina ha sido demasiado curiosa y se le ha ocurrido echar un vistazo por la puerta. Pobre.
   Las sirenas revolotean a mi alrededor pero apenas soy consciente. Me doy cuenta de que no solo he sacrificado mi humanidad, sino que también he pagado el alto precio de mi cordura.
   Sonrío de nuevo porque ya no me importa. Mi hijo vivirá.