Conduzco sistemáticamente por las intrincadas carreteras secundarias que me llevan (últimamente demasiado a menudo) a casa de mis padres. La nieve se acumula en perfectos montones paralelos a la calzada, señal inequívoca de que una máquina quitanieves había salido a dar un paseo hace poco. El asfalto resbala un poco, así que conduzco a una velocidad moderada y con cuidado. Por aquí no hay cobertura y es de noche, así que si me quedo tirado será en todo su significado.
Para qué habré hablado. Con un inquietante traqueteo, el coche pierde velocidad y se apaga. Intento encenderlo varias veces pero no responde. Maldigo a prácticamente todo lo que conozco y no me queda más opción que dirigir suavemente el coche hacia un lado de la carretera. Ya frena él solo.
Cuando salgo, cierro la puerta con un portazo que levanta eco. Por ahora no nieva con fuerza, pero quién sabe lo que me espera. Un par de kilómetros atrás había una casa, probablemente la única en varios kilómetros. Joder, cómo puede pasarme esto. No pierdo más el tiempo y me voy. Si empieza a nevar con más intensidad... no quiero ni pensarlo. Sigo sin cobertura.
Tardo casi una hora en llegar. Estaba un poco más lejos de lo que creía. La casa es grande, de dos plantas y está muy bien cuidada. Solo espero que sus ocupantes tengan piedad y no sean demasiado desagradables. He visto series de televisión sobre asesinatos cuyo comienzo no era muy diferente a este.
Tres golpecitos en la puerta de madera y espero. Una voz femenina me pide que espere un segundo y no tarda mucho en recibirme. Por su voz había imaginado que tendría unos treinta años, pero la mujer que me abre la puerta tiene el doble o quizá más. Sin embargo, su edad solo se manifiesta en sus arrugas, porque ni su voz, ni su amable sonrisa ni su porte la reflejan.
-Disculpe... es que mi coche ha decidido dejar de funcionar un par de kilómetros más adelante...
-¿Y has venido caminando hasta aquí? -pregunta, visiblemente sorprendida.
-Sí... no tengo cobertura y creo que ésta es la casa más cercana.
-Y la única, hijo. ¡La siguiente casa más cercana está a casi diez kilómetros!
Su tono es tan jovial que me desconcierta.
-¡Entra! Estarás congelado -me dice.
-Muchas gracias, señora...
-¡Oh! Llámame Arianne. Y tutéame, por favor. Si no me harás sentir vieja.
-Muchas gracias, Arianne. Yo me llamo Bob... Bobby si lo prefieres. ¿Podría usar el teléfono?
-¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Lo tienes ahí mismo, en el salón. Úsalo todo el tiempo que necesites.
Arianne me señala el salón y se va a la cocina, de donde sale un aroma maravilloso. Saco el móvil de mi bolsillo para buscar el número de teléfono de mis padres (lo han cambiado hace poco y todavía no me he molestado en aprendérmelo de memoria), pero en cuanto descuelgo el teléfono escucho un estruendo que hace vibrar las ventanas.
Me quedo pasmado por un momento hasta que Arianne aparece en el umbral.
-Parece que la nevada se ha convertido en toda una ventisca... -me dice algo preocupada-. Puedes quedarte a pasar la noche aquí. Si quieres, claro.
-No quiero ser una molestia, Arianne...
Siendo sincero conmigo mismo... cuando descolgué el teléfono no tenía muchas esperanzas de llegar esta noche a casa de mis padres, pero ahora no tengo esperanza ni de cruzar el porche.
-No serás ninguna molestia -me asegura con una amable sonrisa-. Con esta ventisca es una locura salir, y así me sentiré menos sola.
No me queda alternativa, aunque la idea no me desagrada tanto como podría imaginarme.
-Llama ahora que puedes -me aconseja-. Quién sabe si dentro de una hora la nieve no corta las líneas.
Y Arianne se va a la cocina otra vez. Mis padres me preguntan mil veces si estoy bien y me aconsejan que no me quede en casa de Arianne. Las series de televisión hacen mucho daño. Al final consigo tranquilizarlos lo suficiente como para que no pongan una denuncia por desaparición antes de que vuelva a llamarlos. Me dispongo a llamar a la grúa, pero con esta nevada no tiene mucho sentido. Esperaré a que amaine.
Escucho el traqueteo de los cacharros de la cocina e intento reconocer el increíble aroma que inunda la casa desde la cocina mientras voy hacia allí. Arianne lleva puesto un delantal y saca una bandeja de galletas del horno.
-¿Le gusta cocinar? -pregunto.
-¡Will! ¡No me trates de usted! -me replica sonriendo-. Cocinar no me gusta mucho, pero sí me gusta comer bien. Estas galletas eran para mí, pero creo que son demasiadas así que te dejaré coger unas cuantas.
Es encantadora. Es algo que le sale de forma natural, se ve a simple vista.
-¿Vives aquí sola?
-Sí, toda esta casa es para mí. Y antes de que preguntes... no, no tengo marido. Nunca me he casado y tampoco tengo hijos. Tengo una hermana que vive en Irlanda con su marido y su hijo, pero nos vemos solo de vez en cuando.
Estoy a punto de preguntarle si no se siente sola, pero no se si debería. Ella se ríe.
-Sé lo que estás pensado. Y sí, a veces me siento bastante sola, pero no estoy segura de necesitar compañía.
La respuesta me desconcierta un poco pero no profundizo más. Me da la impresión de que es demasiado privado como para que yo lo sepa.
-Coge una -me dice mientras me acerca el plato con las galletas.
Sabe de maravilla. Reconozco el sabor a chocolate y naranja, aunque sin ellos el sabor seguiría siendo increíble. Arianne me sonríe satisfecha, probablemente porque mi cara debe ser un poema mientras saboreo la galleta de esta forma.
-¿Te apetece algo de cenar?
-No tengo mucha hambre -le digo finalmente-. Me bastará con picotear unas pocas galletas.
Nos vamos los tres (Arianne, las galletas y yo) al salón y mientras ella se sienta en el sofá, yo me dedico a pasear por la estancia. Hay muchas fotos en las que sale una joven y preciosa Arianne acompañada por otra mujer igual de guapa.
-Tu hermana era muy guapa.
-Y lo sigue siendo -se ríe ella-, pero esa no es mi hermana.
-¿Ah, no? Parecéis muy cercanas.
-Y lo éramos. Ella fue el amor de mi vida.
La miro, visiblemente sorprendido, y de inmediato me siento avergonzado por mi reacción.
-L-lo siento, sé que estas cosas son normales, es decir, que cada uno... ama a quien quiere.
Arianne ni siquiera se siente ofendida, de hecho, me sonríe de nuevo.
-No te preocupes -me dice-, estoy acostumbrada a miradas extrañas.
-Ahora los tiempos han cambiado -respondo, aún ruborizado.
-¿Tú crees? ¿Cuántos años tienes, Will?
-Veintisiete.
-¿Y acaso no te has sorprendido? No pretendo culparte de nada, ni mucho menos, pero la gente sigue considerándonos gente "especial", para bien o para mal.
La verdad, no se qué decir. Sigo mirando las fotos. Eran felices. Eran felices juntas.
-Las cosas no fueron sencillas, ¿verdad?
Arianne se toma un momento antes de contestar.
-No, no lo fueron. Si en estos tiempos la gente cuchichea sin cesar sobre cualquiera que es diferente... imagínate cómo era hace cuarenta años. Ni siquiera en las grandes y modernas ciudades podíamos vivir tranquilas. Si nos cogíamos de la mano por la calle, no dábamos más de diez pasos sin escuchar uno o dos insultos. Dios mío, algunas madres le tapaban los ojos a sus hijos.
-Eran otros tiempos...
-Solo hay una diferencia -su sonrisa ya no es tan feliz-: ahora solo importa la apariencia. Nadie es racista, nadie es homófobo... pero los primeros insultos que afloran por la boca de una persona son "negro de mierda" y "maricón". En el fondo, las personas no han cambiado. La diferencia es que quieren hacernos creer que sí, que ahora todo es mejor, que todo el mundo es amable y considerado. ¿Y sabes por qué, Will?
No ha alzado la voz en ningún momento, es más, ni siquiera está alterada. No habla con resentimiento, habla con tristeza.
-No -respondo apesadumbrado-, no lo sé.
-Porque es demasiado duro saber que no son tan buenas personas como creen, que en el fondo, son iguales que los carcamales que nos señalaban por la calle, solo que mejor vestidos.
No digo nada durante un buen rato. No solo me ha consternado, sino que me siento incluso avergonzado, como si yo tuviese parte de esa culpa, como si yo perteneciese a ese grupo de gente. Y me pregunto si lo soy.
No, no lo soy. Lo fuí hasta este momento.
-Madre de Dios... ¡menudo sermón acabo de echarte! Me he puesto demasiado melancólica.
-¿Dónde está ella?
Necesitaba preguntárselo. Si me iba a arrepentir, sería de haberlo hecho.
-Ella se casó.
Por un instante me había preparado para que me dijese que había fallecido en un accidente o algo así, pero no para eso.
-¿S-se casó? ¿Por qué?
Arianne se levanta del sofá con el plato de galletas vacío en la mano.
-Porque era lo que esperaban de ella.
Y se va a la cocina, dejándome allí, compungido ante tal historia, entre las fotos de la única persona a la que amó...
Todo esto me ha dejado un cúmulo de sensaciones contradictorias que no soy capaz de manejar demasiado bien. Arianne no tarda en volver de la cocina.
-Empieza a ser tarde y si quieres que la grúa venga pronto a recogerte a ti y a tu coche, tendrás que madrugar.
-¿Cómo lo consigues?
-¿El qué? -me pregunta sonriendo de nuevo.
-Vivir aquí sola, sin volverte loca.
-Escribo novelas.
¿De dónde ha podido salir una mujer así?
-Eres increíble.
Ella suelta una carcajada. Vuelve a ser una risa viva y joven.
-¿Estás flirteando conmigo?
Yo niego con la cabeza, sonriendo, y damos la noche por terminada. Arianne me acompaña a la habitación de invitados y se despide amablemente.
Me duermo entre la felicidad y la inquietud. Gracias a Dios, la felicidad reduce la inquietud a un leve susurro entre las sábanas.
Cuando me levanto al día siguiente, Arianne ya está despierta y está preparando un desayuno exquisito. Almorzamos entre bromas y anécdotas y nos despedimos con cierta reticencia.
-¡Espero que vuelvas a visitarme algún día! -me sugiere.
-Lo haré, tenlo por seguro. Y muchísimas gracias por todo, Arianne.
-Gracias a tí por ser tan buena compañía.
Y me alejo con cuidado para no resbalar en el hielo. Ya he llamado a la grúa y cuando llegue, yo ya estaré junto a mi coche. Al salir de nuevo a la carretera, me fijo en el buzón metálico de color azul de la casa de Arianne. La noche anterior no le había prestado la más mínima atención.
Lekker.
"Escribo novelas". Y qué novelas.
Lekker. Arianne Lekker. He pasado la noche en casa de una de las mejores escritoras del país. Sonrío para mí mismo como un niño el día de su cumpleaños.
Eres increíble, Arianne. Increíble.

No hay comentarios:
Publicar un comentario