Mi foto
Solo pararé para volver a tomar impulso.

Invictus

Out of the night that covers me,
black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
for my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
my head is bloody, but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears
looms but the Horror of the shade,
and yet the menace of the years
finds and shall find me unafraid.

It matters not how strait the gate,
how charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.


Invictus
William Ernest Henley

Vi veri Veniversum vivus vici


"Por el poder de la verdad, mientras viva, habré conquistado el universo."

                                                                            Fausto

El Barquero de Aqueronte (I)

   El ruido de mis pasos vibra en los adoquines y las paredes de ladrillo. Es un sonido seco y breve, como el tic tac de un reloj de pared. El cielo despejado ha dejado escapar cualquier atisbo de calor y el frío de noviembre, cortante y visceral, ha inundado las calles. No hay una sola ventana abierta. No hay una sola luz tras las cortinas. El eco de mis pasos solo se escucha en sueños inquietos.
   La noche es mía.
   Me permito esbozar una leve sonrisa de júbilo. Jamás creí poder estar tan excitado ante la idea de darle caza a alguien. Jamás tuve esta sed de sangre. Pero es ahora cuando estoy convencido de que siento auténtica pasión por mi trabajo. No hay nada que se me dé mejor ni hay nadie a quien se le dé mejor.
   Mi nombre es William Flanagan Bloodworth, aunque mi clandestina fama responde ante el nombre del Barquero de Aqueronte. Y no creo que sea necesario explicar cómo me gano la vida.
   Me detengo delante de una gran mansión. Paredes de piedra, jardines perfectos, encajada entre otras grandes mansiones en uno de los barrios más elitistas de Londres. Desde luego, una residencia digna de la posición de Lord Harry Auttenberg. Una pena que no pueda disfrutar más de ella.
   Salto la verja exterior con facilidad y aterrizo en el mullido césped. El eco de mis pasos ya es historia, ahora me muevo rápido y sigiloso como una serpiente. Parece que no hay nadie despierto, así que compruebo las ventanas de la planta baja hasta que encuentro una sin cerrojo. Perfecto. Podría dirigirme directamente al dormitorio de Auttenberg y liquidarle mientras duerme pero tengo pensada una escena un poco más atroz, así que no puedo permitir que nadie se despierte cuando no deba. Me cuelo en cada dormitorio, me acerco a cada cama y, con un golpe impecable y certero en la sien, sumerjo a los durmientes habitantes de la casa en un idóneo estado de inconsciencia. En otra ocasión los habría degollado a todos, pero mi cliente me ha comunicado su deseo expreso de que no haya más muertes de las estrictamente necesarias. Cierro con suavidad la última puerta y me dirijo a la segunda planta, donde sé que Auttenberg duerme solo, pero en cuanto piso el primer escalón escucho un sonido metálico proveniente de la planta baja. Repaso mentalmente todos los dormitorios vacíos por los que he pasado pero en ninguno de ellos parecía haber dormido nadie recientemente. Vuelvo a escuchar el mismo ruido; viene de la cocina. Desciendo por las escaleras sin dudarlo y echo un vistazo al interior: un hombre de tamaño considerable y expresión tosca devora lo que minutos antes podría haber sido la mitad de un pollo asado. Un mercenario, contratado ocasionalmente y entre cuyas habilidades dudo que se haya encontrado alguna vez el sigilo. Analizo la situación durante unos segundos pero no pierdo demasiado tiempo. Solo es un gorila cuya única cualidad probablemente sea la fuerza bruta, ni siquiera me atrevo a considerarlo un profesional. Él se levanta de la mesa y yo actúo. Me muevo rápido y, con un ágil salto, me subo a sus hombros con impulso suficiente para asestarle un potente codazo en la parte superior del cráneo. Todo ocurre demasiado rápido para sus sentidos. Cae como el tronco de un árbol recién talado, sin haber llegado a comprender lo que acaba de ocurrir y provocando un sonido sordo al golpear el suelo. Agudizo el oído por temor a que el ruido haya despertado a Auttenberg pero solo escucho el zumbido de la bombilla de la cocina. Ahora ya nadie podrá molestarme.
   Subo de nuevo por las escaleras, casi deslizándome de puro placer escalones arriba. El silencio se hace más patente si cabe salvo por los ronquidos que proceden del único dormitorio en el que no he entrado.
   La puerta se abre sin hacer ruido. El dormitorio es ostentosamente inmenso y una cama con dosel llama mi atención de inmediato. Cruzo la estancia y cierro las cortinas opacas que impedirán que nada ni nadie pueda ver lo que ocurre aquí dentro.
   Harry Auttenberg duerme tan profundamente que incluso siento algo de envidia. Tener la conciencia tranquila es un privilegio del que muchos abusan.
   Chasqueo los dedos en la oscuridad y la chimenea se enciende con una explosiva llamarada. Auttenberg se despierta sobresaltado, aunque es el chillido de pánico que emite cuando me ve sentado en una de las butacas de terciopelo lo que supera todas mis expectativas. Esto será divertido.
   -¿Q-q-quién diablos eres tú?
   Me permito el lujo de encender un cigarrillo mientras dejo que el miedo corra por sus venas. Es un toque dramático que me encanta dar.
   -Comprendo que no me recuerdes así, a primera vista -le respondo en un tono tranquilo y cortés-; a fin de cuentas, han pasado varios años y... ¿quién sabe a cuántas muchachas más habrás matado?
   Parece que mis palabras le hacen recordar más rápido de lo que le gustaría, pues se aleja un poco de mí, sin salir todavía de la cama, y entrecierra los ojos.
   -Bloodworth.
   Le doy una profunda calada a mi cigarrillo y la acompaño de un suspiro:
   -El mismo.
   -No sé cómo has logrado entrar pero te echarán de aquí a patad...
   -Yo no estaría tan seguro, Harry -él me mira, intentando imaginarse lo que he podido hacer en su casa antes de que él se despertase-. Todos tus empleados están convenientemente inconscientes, incluso el grandullón que encontré en la cocina comiendo como un cerdo, y gritar no te servirá de nada. Nadie, dentro o fuera de esta casa, puede escucharte.
   -¿Qué es lo que quieres, Bloodworth?
   Se le llena la boca de odio cada vez que pronuncia mi apellido.
   -¿Que qué es lo que quiero? -No puedo evitar soltar una carcajada-. Harry, querido, me he colado en tu humilde y apacible hogar en mitad de la noche, me he encargado de todas y cada una de las personas que viven aquí, he entrado en tu dormitorio mientras dormías y ni siquiera te agitaste en sueños, sabes quién soy porque recuerdas haber asesinado a mi hermana hace años... no eres un hombre especialmente inteligente, Harry, lo sé, pero dudo mucho que seas tan estúpido como para no saber qué es lo que quiero.
   Harry desliza lentamente la mano bajo la almohada, probablemente pensando que no me doy cuenta.
   -Yo no haría eso.
   El cañón de la escopeta me apunta en unos segundos pero no es suficientemente rápido. Antes de que Lord Auttenberg apriete el gatillo, mi mano ya descansa sobre el cañón del arma y con un rápido y brusco giro de muñeca le obligo a soltarla, a no ser que prefiera romperse los dedos. Sin perder más tiempo, lanzo la escopeta hacia la otra punta del dormitorio, totalmente fuera de su alcance.
   -¿Así es como tratas a tus invitados, Harry? -Le recrimino con un ligero toque de histrionismo.
   Camino alrededor de la cama y me detengo justo a los pies, entre Harry y la chimenea. La luz de las llamas oscurece mi figura y me da de nuevo ese toque dramático que tanto me gusta. Él retrocede entre las sábanas hasta que su espalda toca la pared, mira nervioso a su alrededor y de pronto se da cuenta de que está desnudo. Me cuesta horrores no reírme a carcajada limpia cuando se cubre la entrepierna con una mano y alarga temeroso la otra para agarrar de nuevo las sábanas. Excelente momento para sentir pudor.
   La escena me resulta peculiarmente reconfortante, así que me dispongo a alargar un poco más el sufrimiento de mi anfitrión. Las llamas de la chimenea se avivan súbitamente y lamen el papel pintado de la pared, mientras las puntas de las mantas más cercanas a mí comienzan a arder suavemente con unas enigmáticas llamas negras que, poco a poco, consumen cualquier tela bajo la que Harry pueda esconderse. De nuevo emite ese chillido de pánico cuando sus sábanas se convierten finalmente en ceniza.
   -¿Q-qué eres? -Me pregunta ya presa del miedo.
   Me enciendo un segundo cigarrillo. No soy nadie sin dramatismo.
   -¿Has escuchado alguna vez hablar del Barquero de Aqueronte?
   Ahora Harry sí sabe lo que es el pánico, porque ni se molesta en cubrirse. Su rostro se vuelve pálido y le tiembla la barbilla. Por supuesto que ha oído hablar del Barquero.
   -Se rumorea q-q-que es un demonio... -consigue articular a duras penas- ahora ya no me c-c-cabe ninguna d-duda...
   Segunda calada al cigarrillo.
   Las llamas negras reaparecen y envuelven la cama y a Harry tan rápido que apenas se da cuenta de ello hasta que empieza a gritar como un energúmeno. Patalea y rueda como puede para extinguir unas llamas que solo yo puedo aplacar antes de que su cuerpo se consuma por completo.
   -Se rumorean muchas cosas de mucha gente, Harry -respondo finalmente-, pero no, no soy un demonio.
   Es un placer que el trabajo me lleve a ajustar cuentas pendientes. He disfrutado como un niño.
   -Al menos, eso creo.
   Abandono la mansión tan rápida y silenciosamente como entré, como una serpiente. Mañana cobraré la otra mitad de lo pactado y lo haré con una sonrisa de oreja a oreja.
   -Buenas noches, Lord Harry Auttenberg -susurro ya al amparo de la oscuridad londinense.



14 de Noviembre de 1888.

Why... so... serious...?

 

   ¿Quieres saber de qué son estas cicatrices? Mi padre era un alcohólico y un animal, y una noche se le fue la olla más de lo normal. Mi madre cogió un cuchillo de cocina para defenderse. A él no le hizo ninguna gracia, ninguna, y delante de mis narices le hincó el cuchillo a la vez que se reía. Se volvió hacia mí y dijo: ¿por qué... tan... serio...? Vino hacia mí con el cuchillo. ¿Por qué... tan... serio...? Me metió la hoja en la boca. ¡Vamos a dibujar una sonrisa en esa cara! Y... ¿por qué estás tan serio?



"¡Ta-daaaaaa...! ¡ha... desaparecidooooo!"


El Último Paso

   Probablemente ninguno de sus vecinos sabía de qué huía, pues eso habría implicado conocerle más a fondo de lo que ninguno de ellos deseaba. Pero sabían que no tenía amigos, que no tenía familia. Sabían que vivía solo, que rara vez salía de casa y que nunca recibía visitas. Sabían que sus padres, las únicas personas que alguna vez habían sentido afecto por él, habían muerto años atrás. Sabían que jamás había recibido una palabra de ánimo en el instituto. Sabían que jamás una chica había dejado que él la besase.
   Pero no sabían lo que pensaba, lo que sentía ni lo que soñaba. No sabían que el recuerdo de sus miradas, llenas de un odio jamás comprendido, le hacía llorar por las noches. No sabían que vivir solo en aquella casa tan grande le encogía el corazón; que nunca bajaba al sótano porque tenía miedo de la oscuridad. No sabían cuánto añoraba el contacto humano, una sonrisa sincera.
   No sabían lo que le gustaban los días de tormenta. No conocían la delicadeza con la que tocaba el piano. No sabían el amor que sentía por los libros ni por la cocina, ni tampoco sabían que en su jardín las flores poseían colores llenos de cariño.
   En cambio, él solo sabía que era diferente. Nunca supo porqué. Siempre había sido así. Físicamente nada le diferenciaba, no tenía ninguna enfermedad, no tenía ningún trastorno. Sus padres no eran diferentes, pero nunca le dijeron porqué él sí lo era. Nunca supo porqué debía sentirse tan solo.
   El día que salió de su casa corriendo, descalzo y sin camiseta bajo la lluvia de un gris día de otoño, todas las miradas se clavaron en él, pero ninguna de ellas pudo ver de qué huía. Él corría con todas sus fuerzas calle abajo, sin mirar atrás y casi sin poder respirar. Los pocos con los que se cruzó solo tuvieron tiempo de apartarse y ver cómo las lágrimas descendían por sus mejillas. Él solo corría y corría. El asfalto dio paso a la hierba húmeda y ésta a la dura roca de los acantilados.
   Ahí fue donde él, por primera vez en su desbocada carrera, se detuvo. Respiraba con mayor dificultad a causa del llanto pero el tacto áspero de la roca bajo sus pies y el ensordecedor sonido de las olas paliaron poco a poco la ansiedad que le embargaba. La ira, la tristeza y el miedo fueron arrastrados por la lluvia que caía sobre su piel.
   Casi podía escuchar en su cabeza los teléfonos sonar, las voces cuchicheando y las miradas de asco. Sabía que muchos de ellos deseaban que aquella inesperada salida no incluyese su regreso y eso le hizo mirar al mar durante un largo rato, sumido en pensamientos que nadie jamás conocería.
   Un rayo desgarró el cielo y el sonido del trueno hizo vibrar el suelo. No lo pensó más. Con un último paso, él abandonó la tierra y se precipitó hacia el mar. Ya no había lágrimas en sus ojos, ni miedo en su corazón.
   El estruendo que provocó al atravesar la agitada superficie del mar se transformó lentamente en un imponente silencio. Únicamente podía escuchar el débil sonido de las olas al romper varios metros sobre él y el de las burbujas que huían revoloteando de su boca a causa de la necesidad de respirar. Miró por última vez hacia arriba, hacia la única claridad que le acompañaría, y con brazadas decididas comenzó a nadar hacia la profundidad. Sentía que el aire escapaba de sus pulmones y que la temperatura del agua descendía rápidamente pero nada de eso le importó. Solo siguió nadando, penetrando en la gélida oscuridad del océano, con la única idea de no regresar jamás.

Sr. Hadley, ¿confía en su esposa?

   "Mi mujer me decía que era imposible conocerme, que era un libro cerrado. Se quejaba de eso todo el día. Era muy guapa, yo la quería... es solo que no supe hacérselo ver. Yo la maté, Reed, no apreté el gatillo pero hice que se alejara... y por eso murió, por mi culpa, por mi forma de ser."




   -No deberías torturarte de esa forma, Andy. No es más que un puñetero sueño. México está en el quinto coño y tú estás aquí, y eso es lo que hay.
   -Sí, vale, eso es lo que hay. Está allí y yo estoy aquí. Todo se reduce a una simple elección: empeñarse en vivir o empeñarse en morir.


The Shawshank Redemption (Cadena Perpetua)

XXV

Cuando en la noche te envuelven
las alas de tul del sueño,
y tus tendidas pestañas
semejan arcos de ébano,
por escuchar los latidos
de tu corazón inquieto
y reclinar tu dormida
cabeza sobre mi pecho.
diera, alma mía,
cuanto poseo:
¡la luz, el aire
y el pensamiento!

Cuando se clavan tus ojos
en un invisible objeto,
y tus labios ilumina
de una sonrisa un reflejo,
por leer sobre tu frente
el callado pensamiento
que pasa como la nube
del mar sobre el ancho espejo,
diera, alma mía, cuanto deseo:
¡la fama, el oro,
la gloria, el genio!

Cuando enmudece tu lengua,
y se apresura tu aliento,
y tus mejillas se encienden,
y entornas tus ojos negros,
por ver entre tus pestañas
brillar con húmedo fuego
la ardiente chispa que brota
del volcán de los deseos,
diera, alma mía,
por cuando espero:
¡la fe, el espíritu,
la tierra, el cielo!



Rimas del Libro de los Gorriones
Rimas y Leyendas
Gustavo Adolfo Bécquer

El Monte de las Ánimas

   -Atad a los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
   -¡Tan pronto!
   -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado a sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
   -¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
   -No, hermosa prima. Tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré la historia.
   Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos. Los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían a la comitiva a bastante distancia.
   Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
   -Este monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubiera solos sabido defenderla como solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a su placeres. Los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue parte de detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acardaron de ella las fieras. Antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería. Fue una batalla espantosa; el monte quedó sembrado de cadáveres. Los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche. 
   La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y obscuras calles de Soria.


   Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
   Solo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
   Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
   Las dueñas refería, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos temerosos, en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de la iglesia de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
   -Hermosa prima -exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio en que se encontraban-, pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
   Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
   -Tal vez por la pompa de la Corte Francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... al separarnos, quisiera llevases una memoria mía... ¿te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu obscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio ser, y ella lo llevó al altar... ¿lo quieres?
   -No sé en el tuyo -contestó la hermosa-; pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
   El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que, después de serenarse, dijo con tristeza:
   -Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
   Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
   Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste  monótono doblar de las campanas.
   Al cabo de unos minutos, el interrumpido diálogo tornó a reanudarse de este modo:
   -Y antes que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
   -¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió-: ¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no se qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
   -Sí.
   -¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como recuerdo.
   -¡Se ha perdido! Y ¿dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
   -No sé... en el monte acaso.
   -¡En el Monte de las Ánimas! -murmuró, palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-. ¡En el Monte de las Ánimas! -luego prosiguió, con voz entrecortada y sorda-: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que han muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo, ¿oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren las fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde. 
   Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que, cuando hubo concluido, exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba la leñan, arrojando chispas de mil colores:
   -¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos y cuajado el camino de lobos!
   Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos que comprender toda su amarga agonía: movido como por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver el fuego:
   -Adiós, Beatriz, adiós. Hasta pronto.
   -¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerlo, el joven ya había desaparecido.
   A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitada, que se perdía, que se desvaneció por último.
   Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas desaparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.


   Había pasado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
   -¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven, cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos rezos que la Iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.
   Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
   Las doce sonaron en el reloj del postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
   -Será el viento -dijo, y poniéndose la mano sobre el corazón procuró tranquilizarse.
   Pero su corazón latía cada vez con más violencia, las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes con un chirrido agudo, prolongado y estridente.
   Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y grave, y aquéllas con un lamento largo y crispador. Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la obscuridad.
   Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.
   Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones, y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada; obscuridad, las sombras impenetrables.
   -¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-. ¿Soy tan miedosa como esas pobres gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír una conseja de aparecidos?
   Y cerrando los ojos, intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
   El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.
   Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella le pareció eterna a Beatriz. Al fin, despuntó la aurora. Vuelta de su temor entreabrió los ojos a los primeros rayos de luz. Después de una noche de insomnio y terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serena a su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
   Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!


   Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.



El Monte de las Ánimas
Rimas y Leyendas
Gustavo Adolfo Bécquer

Y el sol tiñó el cielo de rojo...

 
   De un rojo tan suave como los contornos de las nubes que flotan a su alrededor. El sonido de las olas y la lejana canción de las gaviotas me trasladan a un mundo donde todo es quietud, un mundo donde mi mayor molestia es una delicada brisa marina que me deja un toque salado en los labios.
   Y desde aquí la veo a ella.
   Pasea por la orilla con un paso lento y despreocupado, con las manos entrelazadas a la espalda y disfrutando del tiempo que le otorga su propia juventud. Su vestido azul y blanco ondea a su alrededor como el aura de un ángel y su cabello negro como el ónice revolotea al ritmo que marca la batuta del viento. De vez en cuando se agacha con un grácil movimiento, imagino que para recoger alguna piedra insólitamente pulida que poder añadir a su colección.
   Y cuando se levanta alza sin pensarlo la vista hacia el faro.

 
   Y desde aquí le veo a él.
   Podría reconocerle desde el otro lado del mar solo por su postura: sentado bajo la barandilla, en la cima del faro que desde allí gobierna el océano, con las piernas colgando a metros sobre la espuma de las olas. Sus pies descalzos juguetean con el fresco aliento del mar mientras escudriña el horizonte en busca de algo que nadie conoce. Aunque ahora es a mí a quien escudriña, intentando adivinar mis pensamientos desde las alturas, intentando ver mis movimientos antes de que los piense.
   Y me sonríe.
   Mis ojos no pueden asegurarlo pero mis labios sí, porque le devuelvo una sonrisa que él tampoco podrá ver.
   Ambos volvemos de nuevo la vista hacia el mar, contemplando la caída del sol y preguntándonos al mismo tiempo si en algún lugar del mundo existe un atardecer sin fin.

Arianne Lekker

   Conduzco sistemáticamente por las intrincadas carreteras secundarias que me llevan (últimamente demasiado a menudo) a casa de mis padres. La nieve se acumula en perfectos montones paralelos a la calzada, señal inequívoca de que una máquina quitanieves había salido a dar un paseo hace poco. El asfalto resbala un poco, así que conduzco a una velocidad moderada y con cuidado. Por aquí no hay cobertura y es de noche, así que si me quedo tirado será en todo su significado.
   Para qué habré hablado. Con un inquietante traqueteo, el coche pierde velocidad y se apaga. Intento encenderlo varias veces pero no responde. Maldigo a prácticamente todo lo que conozco y no me queda más opción que dirigir suavemente el coche hacia un lado de la carretera. Ya frena él solo.
   Cuando salgo, cierro la puerta con un portazo que levanta eco. Por ahora no nieva con fuerza, pero quién sabe lo que me espera. Un par de kilómetros atrás había una casa, probablemente la única en varios kilómetros. Joder, cómo puede pasarme esto. No pierdo más el tiempo y me voy. Si empieza a nevar con más intensidad... no quiero ni pensarlo. Sigo sin cobertura.
   Tardo casi una hora en llegar. Estaba un poco más lejos de lo que creía. La casa es grande, de dos plantas y está muy bien cuidada. Solo espero que sus ocupantes tengan piedad y no sean demasiado desagradables. He visto series de televisión sobre asesinatos cuyo comienzo no era muy diferente a este.
   Tres golpecitos en la puerta de madera y espero. Una voz femenina me pide que espere un segundo y no tarda mucho en recibirme. Por su voz había imaginado que tendría unos treinta años, pero la mujer que me abre la puerta tiene el doble o quizá más. Sin embargo, su edad solo se manifiesta en sus arrugas, porque ni su voz, ni su amable sonrisa ni su porte la reflejan.
   -Disculpe... es que mi coche ha decidido dejar de funcionar un par de kilómetros más adelante...
   -¿Y has venido caminando hasta aquí? -pregunta, visiblemente sorprendida.
   -Sí... no tengo cobertura y creo que ésta es la casa más cercana.
   -Y la única, hijo. ¡La siguiente casa más cercana está a casi diez kilómetros!
   Su tono es tan jovial que me desconcierta.
   -¡Entra! Estarás congelado -me dice.
   -Muchas gracias, señora...
   -¡Oh! Llámame Arianne. Y tutéame, por favor. Si no me harás sentir vieja.
   -Muchas gracias, Arianne. Yo me llamo Bob... Bobby si lo prefieres. ¿Podría usar el teléfono?
   -¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Lo tienes ahí mismo, en el salón. Úsalo todo el tiempo que necesites.
   Arianne me señala el salón y se va a la cocina, de donde sale un aroma maravilloso. Saco el móvil de mi bolsillo para buscar el número de teléfono de mis padres (lo han cambiado hace poco y todavía no me he molestado en aprendérmelo de memoria), pero en cuanto descuelgo el teléfono escucho un estruendo que hace vibrar las ventanas.
   Me quedo pasmado por un momento hasta que Arianne aparece en el umbral.
   -Parece que la nevada se ha convertido en toda una ventisca... -me dice algo preocupada-. Puedes quedarte a pasar la noche aquí. Si quieres, claro.
   -No quiero ser una molestia, Arianne...
   Siendo sincero conmigo mismo... cuando descolgué el teléfono no tenía muchas esperanzas de llegar esta noche a casa de mis padres, pero ahora no tengo esperanza ni de cruzar el porche.
   -No serás ninguna molestia -me asegura con una amable sonrisa-. Con esta ventisca es una locura salir, y así me sentiré menos sola.
   No me queda alternativa, aunque la idea no me desagrada tanto como podría imaginarme.
   -Llama ahora que puedes -me aconseja-. Quién sabe si dentro de una hora la nieve no corta las líneas.
   Y Arianne se va a la cocina otra vez. Mis padres me preguntan mil veces si estoy bien y me aconsejan que no me quede en casa de Arianne. Las series de televisión hacen mucho daño. Al final consigo tranquilizarlos lo suficiente como para que no pongan una denuncia por desaparición antes de que vuelva a llamarlos. Me dispongo a llamar a la grúa, pero con esta nevada no tiene mucho sentido. Esperaré a que amaine.
   Escucho el traqueteo de los cacharros de la cocina e intento reconocer el increíble aroma que inunda la casa desde la cocina mientras voy hacia allí. Arianne lleva puesto un delantal y saca una bandeja de galletas del horno.
   -¿Le gusta cocinar? -pregunto.
   -¡Will! ¡No me trates de usted! -me replica sonriendo-. Cocinar no me gusta mucho, pero sí me gusta comer bien. Estas galletas eran para mí, pero creo que son demasiadas así que te dejaré coger unas cuantas.
   Es encantadora. Es algo que le sale de forma natural, se ve a simple vista.
   -¿Vives aquí sola?
   -Sí, toda esta casa es para mí. Y antes de que preguntes... no, no tengo marido. Nunca me he casado y tampoco tengo hijos. Tengo una hermana que vive en Irlanda con su marido y su hijo, pero nos vemos solo de vez en cuando.
   Estoy a punto de preguntarle si no se siente sola, pero no se si debería. Ella se ríe.
   -Sé lo que estás pensado. Y sí, a veces me siento bastante sola, pero no estoy segura de necesitar compañía.
   La respuesta me desconcierta un poco pero no profundizo más. Me da la impresión de que es demasiado privado como para que yo lo sepa.
   -Coge una -me dice mientras me acerca el plato con las galletas.
   Sabe de maravilla. Reconozco el sabor a chocolate y naranja, aunque sin ellos el sabor seguiría siendo increíble. Arianne me sonríe satisfecha, probablemente porque mi cara debe ser un poema mientras saboreo la galleta de esta forma.
   -¿Te apetece algo de cenar?
   -No tengo mucha hambre -le digo finalmente-. Me bastará con picotear unas pocas galletas.
   Nos vamos los tres (Arianne, las galletas y yo) al salón y mientras ella se sienta en el sofá, yo me dedico a pasear por la estancia. Hay muchas fotos en las que sale una joven y preciosa Arianne acompañada por otra mujer igual de guapa.
   -Tu hermana era muy guapa.
   -Y lo sigue siendo -se ríe ella-, pero esa no es mi hermana.
   -¿Ah, no? Parecéis muy cercanas.
   -Y lo éramos. Ella fue el amor de mi vida.
   La miro, visiblemente sorprendido, y de inmediato me siento avergonzado por mi reacción.
   -L-lo siento, sé que estas cosas son normales, es decir, que cada uno... ama a quien quiere.
   Arianne ni siquiera se siente ofendida, de hecho, me sonríe de nuevo.
   -No te preocupes -me dice-, estoy acostumbrada a miradas extrañas.
   -Ahora los tiempos han cambiado -respondo, aún ruborizado.
   -¿Tú crees? ¿Cuántos años tienes, Will?
   -Veintisiete.
   -¿Y acaso no te has sorprendido? No pretendo culparte de nada, ni mucho menos, pero la gente sigue considerándonos gente "especial", para bien o para mal.
   La verdad, no se qué decir. Sigo mirando las fotos. Eran felices. Eran felices juntas.
   -Las cosas no fueron sencillas, ¿verdad?
   Arianne se toma un momento antes de contestar.
   -No, no lo fueron. Si en estos tiempos la gente cuchichea sin cesar sobre cualquiera que es diferente... imagínate cómo era hace cuarenta años. Ni siquiera en las grandes y modernas ciudades podíamos vivir tranquilas. Si nos cogíamos de la mano por la calle, no dábamos más de diez pasos sin escuchar uno o dos insultos. Dios mío, algunas madres le tapaban los ojos a sus hijos.
   -Eran otros tiempos...
   -Solo hay una diferencia -su sonrisa ya no es tan feliz-: ahora solo importa la apariencia. Nadie es racista, nadie es homófobo... pero los primeros insultos que afloran por la boca de una persona son "negro de mierda" y "maricón". En el fondo, las personas no han cambiado. La diferencia es que quieren hacernos creer que sí, que ahora todo es mejor, que todo el mundo es amable y considerado. ¿Y sabes por qué, Will?
   No ha alzado la voz en ningún momento, es más, ni siquiera está alterada. No habla con resentimiento, habla con tristeza.
   -No -respondo apesadumbrado-, no lo sé.
   -Porque es demasiado duro saber que no son tan buenas personas como creen, que en el fondo, son iguales que los carcamales que nos señalaban por la calle, solo que mejor vestidos.
   No digo nada durante un buen rato. No solo me ha consternado, sino que me siento incluso avergonzado, como si yo tuviese parte de esa culpa, como si yo perteneciese a ese grupo de gente. Y me pregunto si lo soy.
   No, no lo soy. Lo fuí hasta este momento.
   -Madre de Dios... ¡menudo sermón acabo de echarte! Me he puesto demasiado melancólica.
   -¿Dónde está ella?
   Necesitaba preguntárselo. Si me iba a arrepentir, sería de haberlo hecho.
   -Ella se casó.
   Por un instante me había preparado para que me dijese que había fallecido en un accidente o algo así, pero no para eso.
   -¿S-se casó? ¿Por qué?
   Arianne se levanta del sofá con el plato de galletas vacío en la mano.
   -Porque era lo que esperaban de ella.
   Y se va a la cocina, dejándome allí, compungido ante tal historia, entre las fotos de la única persona a la que amó...
   Todo esto me ha dejado un cúmulo de sensaciones contradictorias que no soy capaz de manejar demasiado bien. Arianne no tarda en volver de la cocina.
   -Empieza a ser tarde y si quieres que la grúa venga pronto a recogerte a ti y a tu coche, tendrás que madrugar.
   -¿Cómo lo consigues?
   -¿El qué? -me pregunta sonriendo de nuevo.
   -Vivir aquí sola, sin volverte loca.
   -Escribo novelas.
   ¿De dónde ha podido salir una mujer así?
   -Eres increíble.
   Ella suelta una carcajada. Vuelve a ser una risa viva y joven.
   -¿Estás flirteando conmigo?
   Yo niego con la cabeza, sonriendo, y damos la noche por terminada. Arianne me acompaña a la habitación de invitados y se despide amablemente.
   Me duermo entre la felicidad y la inquietud. Gracias a Dios, la felicidad reduce la inquietud a un leve susurro entre las sábanas.
   Cuando me levanto al día siguiente, Arianne ya está despierta y está preparando un desayuno exquisito. Almorzamos entre bromas y anécdotas y nos despedimos con cierta reticencia.
   -¡Espero que vuelvas a visitarme algún día! -me sugiere.
   -Lo haré, tenlo por seguro. Y muchísimas gracias por todo, Arianne.
   -Gracias a tí por ser tan buena compañía.
   Y me alejo con cuidado para no resbalar en el hielo. Ya he llamado a la grúa y cuando llegue, yo ya estaré junto a mi coche. Al salir de nuevo a la carretera, me fijo en el buzón metálico de color azul de la casa de Arianne. La noche anterior no le había prestado la más mínima atención.
   Lekker.
   "Escribo novelas". Y qué novelas.
   Lekker. Arianne Lekker. He pasado la noche en casa de una de las mejores escritoras del país. Sonrío para mí mismo como un niño el día de su cumpleaños.
   Eres increíble, Arianne. Increíble.

El cliente Nº 12

   Me han dado un uniforme gris. El guardia ha intentado hacerse el gracioso y me ha preguntado si me gusta. Le he contestado: "por supuesto, resalta el color de mis ojos." Noto como mi diafragma se contrae por el golpe. Parece que soy más gracioso que él y eso no le gusta.
   Me llevan por el pasillo, esposado. Los guardias caminan sacando pecho y con la espalda recta, tan orgullosos como si me hubiesen atrapado ellos mismos. Supongo que todavía no han asumido que su trabajo es hacer de niñera de un puñado de psicópatas y enfermos mentales.
   Mi celda es individual; tan pequeña que parece la de un psiquiátrico, aunque nunca he sido amigo de los grandes espacios. Con una sonrisa "profident" también le comento eso al guardia. El segundo golpe en menos de media hora. No es un mal comienzo.
   Solo tengo un camastro, un escritorio que ya debía ser bastante viejo hace cien años y una silla en cuya resistencia no confío demasiado. El ruido que hacen al cerrar la puerta resuena en todo el pasillo y se despiden a carcajadas. Se creen los matones de la cafetería, al menos, mientras nosotros estemos al otro lado de los barrotes. Veo cómo sus obesos traseros se alejan por el pasillo, bañados por los imaginativos insultos de otros reclusos.
   He hecho muchas cosas a lo largo de mi vida, la mayoría de ellas bastante reprobables. Sin embargo, me han encerrado por la única que no he hecho.
   "Si hubiese sido yo, jamás lo hubieseis descubierto", le solté al inútil que intentó interrogarme. Después de aquello farfulló un montón de cosas a las que no presté demasiada atención, pero mis oídos captaron dos palabras: pruebas sólidas.
   ¿Pruebas de qué?
   A algún trastornado se le había ocurrido prenderle fuego a una casa del extrarradio mientras sus ocupantes dormían. Un matrimonio y sus dos hijas murieron mientras su casa ardía hasta los cimientos. Aparte de eso, lo único que sé es que un par de colillas con mi ADN me sitúan en el jardín trasero. Por lo demás, estoy convencido de que no tienen nada. Sin embargo, siempre se necesita un culpable.
    La cárcel no me preocupa. No soy lo que se dice un santo. Lo único que me preocupa ahora es saber la verdad. ¿Por qué había colillas mías en un jardín que nunca he pisado? ¿Quién ha sido capaz de forzar mi arresto y encarcelamiento con solo dos puñeteras colillas?
    Cuando me detuvieron, me estaba tomando mi acostumbrado café de las nueve de la mañana en mi cafetería habitual. Es mi única rutina predecible y me he esforzado mucho en ocultarla, así que las únicas personas que sabían dónde estaba eran los otros clientes habituales de Paul's y los propios empleados.
    Debo dar por sentado que uno de ellos me ha tendido una trampa; alguien que guarda más secretos de los que creía...
    Durante los días siguientes me dedico a descartar posibles candidatos: Paul y su mujer no tienen tiempo ni ganas para otra cosa que no sea su propia cafetería. Los dos camareros son estudiantes: Lucy y Peter. Lucy es encantadora pero no tiene demasiadas luces y el idiota de su novio reclama casi todo su tiempo libre. Peter es un inmigrante mexicano cuya única aspiración a largo plazo es acabar sus estudios universitarios. El cocinero se llama Chad, un antiguo granjero con más de cincuenta años que cocina con tanta vocación como alegría. Y nunca lo he visto sonreír. Su aspecto no inspira confianza, y siendo sincero, no me cuesta mucho trabajo imaginármelo prendiéndole fuego a la casa, pero no se porqué se molestaría tanto en inculparme a mí. Resultaría mucho más sencillo inculpar a cualquier otro.
   Estoy seguro de que ninguno de ellos ha sido el responsable pero, ¿y los clientes?
   De los once clientes habituales, solo tres tenían una mínima posibilidad de estar detrás de todo esto pero era tan poco probable que apenas merecía tenerlos en cuenta.


   Ya ha pasado un mes y no he conseguido nada. Algo se me escapa pero no se el qué. Algo se me escurre entre los dedos.
   En el comedor, uno de los reclusos ha intentado apuñalarme con una navaja improvisada. No estoy herido pero a él le he roto la nuez y ha muerto, así que me han metido en una celda de aislamiento durante dos semanas. Quizás la oscuridad me ayude a pensar, a ver lo que no he visto hasta ahora, pero durante los primeros días nada cambia.


   Al quinto día comienzo a obsesionarme. Incluso mis sueños están plagados de posibles culpables. La idea de que cualquiera de las personas que he descartado pudiese haberlo hecho y que yo sea tan estúpido como para no darme cuenta me destroza por dentro.
   Todo esto me cabrea.
   Hoy en el patio he matado a otro hombre, un narcotraficante al que no le gustan las lenguas afiladas. Me han mandado de nuevo a la celda de aislamiento. La oscuridad no hace más que acrecentar mi inestabilidad y mi paranoia.
   Durante la noche número veintiocho de mi aislamiento, sueño por enésima vez con la cafetería. Todos piden lo mismo. Lucy y Peter revolotean entre las mesas con eficacia. Los gruñidos malhumorados del cocinero se escuchan desde mi asiento. Yo estoy sentado en mi lugar habitual, como todo el mundo, en una esquina, junto a la ventana, siempre de espaldas a la pared. Siempre vigilándolo todo.
   Pero de repente, me doy cuenta de que no vigilaba a todo el mundo. No hay once clientes habituales, hay doce. Doce jodidos clientes.
   Está allí cuando llego y cuando me voy; nunca se levanta, ni para ir al aseo. No fuma; no habla; cuando estoy allí, ya está servido y nunca pide nada más, así que ninguno de los camareros se acerca a su mesa. No interactúa con nadie y su baja estatura hace que desde mi asiento, e incluso de pie, quede oculto tras el alto sillón rojo sobre el que se sienta.
   Pero recuerdo ese día. Ya no se me escurre entre los dedos. No se si ha sido mi obsesión o mi paranoia, o quizás una combinación de ambas. Un día, Lucy se acerca a su mesa, y aunque no escucho en ningún momento la voz del cliente, es obvio que Lucy está hablando con alguien. Ha sido solo un instante, el escaso tiempo que el cliente ha tardado en despachar fugazmente a la camarera. Pero ya está, está ahí. 
   Es él.
   Mañana volveré a mi régimen normal y mandaré una carta. Sí, mandaré una carta. Pero debo tener cuidado, los guardias examinan todo lo que entra y todo lo que sale. En la oscuridad las ideas fluyen más rápidas y certeras.
   Vuelvo a dormirme. Sonriendo.


   Cuatro días después, tengo una visita. No es en el pabellón de visitas, no. Nos han dejado una pequeña sala para nosotros. Se parece a una sala de interrogatorios: una mesa metálica, a la que me esposan, y una silla a cada lado. Un cristal polarizado gobierna la pared que hay a mis espaldas.
   Permanezco sentado durante unos minutos hasta que entra mi esperada visita. Nos dejan solos, me aseguran que las cámaras no están funcionando y que no hay nadie al otro lado de cristal. Mi visita parece tener bastante influencia, y comprendo por qué estoy esposado: es la única protección que tendrá.
   Mi visita es una mujer. No tiene más de treinta años, excelentemente vestida, larga melena negra... si no me hubiese encerrado, hubiese sido mi tipo. 
   -Me ha costado mucho descubrirla, número doce.
   Ella se ríe a carcajadas.
   -Puedo imaginármelo -responde, todavía sonriendo-. ¡Ah! Y su carta me ha hecho mucha gracia, aunque ha confiado demasiado en la suerte.
   -No tenía nada que perder. ¿Le ha gustado mi truquito? Lo aprendí en el colegio.
   -Un truco excelente: enviar la carta a la cafetería y dirigirla al cocinero. Escribió por el reverso con jugo de cebolla y de limón. Con el calor de la cocina, el contenido del reverso de la carta se hace visible. Mi sobrino lo hacía muchas veces.
   -Desde la cocina la veía. Se sentaba justo enfrente así que, fuese usted quien fuese, Chad sabría perfectamete a quién me estaba refiriendo en la carta. Lo primero que decía en el reverso, era que le entregase la carta a usted. Me imagino que el pobre Chad la habrá leído entera, incluso lo que iba dirigido a usted. No creo que vuelva a ser bien recibida allí, señorita.
   -Señora -me corrige-. Señora McPherson.
   McPherson. Por eso tiene tantos recursos, la muy zorra. Es la mujer de un senador.
   -Vayamos al grano, ¿le parece? -ella asiente con la cabeza con un gesto casi divertido-. ¿Por qué?
   -No me reconoce, ¿verdad?
   -Si tuviese que hacerlo, lo haría. Jamás olvido una cara.
   -Me temo que esta vez sí lo has hecho. Flagstaff, Arizona.
   Una chispa se me enciende.
   -Eres Samantha.
   Sus ojos emiten un sutil destello de confirmación.
   -Mataste a Emily. Ahora estas pagando por ello.
   -Parece que una familia inocente también ha pagado por ello. Es curioso, ni siquiera el motivo real de todo esto... ni siquiera eso es culpa mía. Emily murió en un accidente de tráfico.
   -¡La engañaste! Estaba tan destrozada que decidió acabar con su vida.
   -¿Eso es lo que te contaron tus papis?
   Me río. Me río a carcajadas. La muy zorra. Samantha se levanta y aporrea la mesa con fuerza.
   -¡Fue por tu culpa! ¡Hijo de la gran puta!
   La bofetada me deja un suave sabor a sangre en la boca. Sigo riéndome.
   -Tu hermana no se suicidó, ¿sabes? No... no lo hizo. Alguien le cortó los frenos.
   -¡Seguro que fuiste tú!
   -Sí... hubiese sido muy inteligente por mi parte -suelto una carcajada-, pero no, no fui yo. Yo la quería, ¿sabes? La quería. Pero tus padres no me querían tanto como a su hija. Y dicho sea de paso, tampoco querían a su hija como deberían. 
   -¿Qué insinúas?
   -¿Es que no te imaginas todavía quién le cortó los frenos?
   Vuelvo a reírme. No tengo porqué molestarme en parecer cuerdo.
   -Querida Samantha... fue tu propio padre quién decidió acabar con la vida de tu hermana de una forma tan poco honorable.
   Me abofetea de nuevo pero no intento defenderme, aunque si lo hubiese querido, no habría podido. Sigo esposado a una argolla, situada frente a mí, en el canto de la mesa.
   -Tu padre prefería asesinar a su propia hija antes que permitirle a Emily estar conmigo.
   -Y el culpable sigues siendo tú. Si no hubieses aparecido en su vida, ella seguiría viva.
   No parece sorprendida por lo que le acabo de decir pero enseguida entiendo por qué. Ella ya lo sabía. Lo sabía todo.
   -Entonces, ya no hay nada más que hablar.
   Levanto las manos para que compruebe por sí misma lo inútil que resulta molestarse en ponerme unas esposas y su rostro palidece de golpe. No dice nada. Solo se escucha el sonido ahogado de quien intenta respirar por todos los medios pero no tiene posibilidad alguna. Puedo rodear su escuálido cuello con solo una mano y alzarla del suelo casi sin esfuerzo.
   -Nadie vendrá a ayudarte -le digo-. Te has esforzado mucho en que nadie vea o escuche lo que sucede aquí por miedo a que me consideren inocente. Pero ese ha sido un error muy estúpido por tu parte -ella patalea y me mira con los ojos abiertos como platos-. Dado que no voy a poder librarme de la cárcel, al menos me quedaré por algún motivo real y no por el absurdo capricho de una zorra neurótica.
   Samantha deja finalmente de moverse. La suelto y su cuerpo cae al suelo como un saco de huesos.
   Y la hora de visitas llega a su fin.

La dulce y encantadora Marge

   Me apoyo contra el marco de la puerta, agotada. Me he pasado todo el día limpiando la casa de arriba a abajo y, aunque siempre he pensado que limpiar las dos plantas completas era demasiado para una persona sola, nunca he tenido el valor de insinuárselo a Robert. Él dice que es mi obligación, que soy ama de casa y éste es mi trabajo, así que no puedo quejarme. Él siempre trabaja hasta tarde, llega muy cansado y tampoco tiene un ayudante. No sería justo que yo lo tuviese, al menos eso creo yo.
   Mi hijo Michael siempre me pide que descanse, que trabajo demasiado. Yo siempre me río y le digo que si yo no hago las cosas de casa, ¿quién las hará? Él asiente, triste. Últimamente siempre está triste.
   Y últimamente yo siempre estoy cansada.
   Rob y yo no estamos pasando por un buen momento. Él llega tan cansado de trabajar que no razona. Siempre ha sido muy claro en cuanto a mis obligaciones para con la casa, pero últimamente no admitía ningún error. El estrés puede con él.
   A Michael también le está afectando. Casi no habla con él y, cuando lo hace, es a gritos. Cada vez que Mike viene a mí, llorando, le digo que su padre no dice esas cosas de verdad, que trabaja demasiado. Él me responde que yo también trabajo mucho y no digo esas cosas tan malas. A veces me pregunta que porqué no castigo a papá si se porta tan mal con todos. Yo solo le sonrío y le alboroto el pelo.
   Hoy ha llegado a casa muy tarde, pero Michael aún está en el salón viendo la televisión. Mañana no tiene clase y hoy le he dejado. Cuando Robert aparece coge el mando a distancia y cambia de canal. El pequeño protesta pero solo recibe un seco "vete" como respuesta. Mike sabe que no hay más discusión y se va corriendo a su habitación y da un portazo. Rob gruñe.
   Hoy también ha trabajado mucho. Sufre mucho estrés.
   Me pide a gritos una cerveza y un plato de comida: "la que sea" me especifica. Le llevo la lata con un plato de macarrones gratinados que he hecho para los tres. Rob lo coge, lo mira con la nariz arrugada y lo lanza contra la pared.
   -No quiero comer esta mierda, tráeme otra cosa.
   Cuando le digo que no he cocinado otra cosa, su mirada es suficiente para mandarme de vuelta a la cocina. Está demasiado estresado. A lo mejor debería cambiar de trabajo.
   Le escucho gritar varias veces mientras estoy en la cocina, pero no le entiendo y no puedo desatender su cena, si no, me llevaré una buena. Es normal, viene demasiado cansado de trabajar; a mi también me gustaría que todo estuviese a mi gusto después de un duro día de trabajo. Esa es mi obligación como ama de casa.
   Cuando le llevo el plato con su cena recién hecha, ignoro el olor a alcohol que sé que no es por la cerveza que se está tomando. Ya ha bebido antes de llegar a casa. "Seguro que ha salido a tomar algo para intentar relajarse, está demasiado estresado" pienso. Yo también lo haría.
   Prácticamente devora la cena, casi sin pensar siquiera en lo que está comiendo. El partido de fútbol atrae casi toda su atención. Me pide otra cerveza. Voy a por ella obedientemente pero al volver, tropiezo, y le derramo una poca por encima.
   Pero eso es suficiente.
   Veo la ira en sus ojos y yo cierro los míos al ver venir el golpe. Me lo merezco por ser tan torpe, y no es la primera vez. Caigo hacia atrás y tiro a mi paso una antiquísima estantería de vidrio. El estrépito hace salir a Mike corriendo de su habitación, pero al ver la escena se para en seco, conmocionado. Su padre está de pie, enfurecido, con los puños cerrados, mientras su madre intenta ponerse de pie entre cristales y adornos desperdigados por el suelo.
   Rob le mira, pero en sus ojos no encuentra a su padre y el niño empieza a llorar. Me acerco a él y me abraza mientras grita sin cesar "¿porqué le pegas a mamá?".
   -Porque es una zorra inútil.
   La respuesta desconcierta al niño y a mí me aterra. Robert sigue furioso y aquello no ha terminado todavía. Se acerca poco a poco, dispuesto a asestar un segundo golpe.
   Antes de poder darme cuenta, Mike se pone entre los dos, todavía sollozando, pero la determinación de un niño de seis años frente a la ira de un adulto no es suficiente. Intento apartarlo enseguida pero el primer golpe lo recibe él.
   Ha sido una patada en el estómago.
   No puedo evitar ahogar un grito cuando siento cómo el aire abandona los pulmones de mi hijo, como si se tratara de mis propios pulmones. Rob lo aparta de un empellón para tener el camino despejado. Yo intento correr hacia Mikey pero Rob me lo impide con otro golpe. Veo con alivio como Mike se levanta poco a poco mientras intenta recobrar de nuevo la respiración. Pero Rob vuelve a fijarse en su hijo. Vuelve a ser una molestia.
   "No, a mi hijo no."
   Veo que Rob coge una tabla que antes formaba parte de la estantería ya destrozada. La sangre deja de correr por mis venas cuando veo que al final de tabla todavía quedan clavos sobresaliendo. Es la parte con la pretende golpear a Mike.
   La mirada de mi hijo se clava en mí sin piedad. Sus intensos ojos azules, ahora abiertos de par en par, me suplican ayuda. Mike intenta retroceder lo más rápido posible hasta que su espalda toca la pared. Mira a su padre, me mira a mí de nuevo y el pánico le desencaja el rostro de una manera que no puedo soportar.
   Algo se rompe dentro de mí. La sangre vuelve a circular, pero no es como antes. Dejo de sentir dolor, dejo de sentir miedo.
   No siento nada.
   -Michael, vete a tu habitación.
   El tono de mi voz es tan gélido e inhumano que incluso Rob, inmerso en su propia locura, se da la vuelta para mirarme. Michael aprovecha ese momento para salir corriendo, con esa velocidad que solo el miedo a la muerte puede inducir. Debería haber sentido una lástima horrible, mi hijo... solo seis años... y ya había visto a la muerte en los ojos y las manos de su propio padre.
   Aunque ahora no sé que habrá visto en los míos.
   Rob inclina la cabeza, con aquellos ojos verdes convertidos en dura piedra. Pero veo que esta vez no se acerca. Ve en mis ojos que algo ha cambiado. Podría golpearme con esa tabla y matarme de un solo golpe. Él sabe que yo lo sé.
   Escucho de fondo como Mike sigue llorando a pleno pulmón en su cuarto. Sus gritos serían capaces de desgarrar el alma de cualquiera y seguro que ya han alertado a los vecinos. Mejor. Alguien tendrá que ocuparse de él, porque hoy uno de sus padres estará muerto y el otro en comisaría con las manos llenas de sangre.
   Y yo ya sé quién morirá hoy, aunque nunca me lo hubiera imaginado tras abrir la nevera en busca de aquella cerveza.
  Veo venir la tabla y me agacho con tanta tranquilidad como rapidez. Me lanzo hacia la estantería rota y cojo un gran trozo de cristal.
   Rob está demasiado ciego por la ira. Lanza su último golpe y siento como los clavos penetran en la carne de mi brazo. No hay dolor. Con una frialdad que antes me hubiese horrorizado, agarro con fuerza el trozo de cristal y se lo clavo en la garganta a Rob.
   Su sangre se mezcla con la de los cortes de mi mano. Está caliente.
   La expresión de Rob es de burda sorpresa  y la luz de sus ojos verdes se extingue tan rápido como su locura. Sus manos pierden fuerza y la tabla cae, desgarrando la herida de mi brazo.
   Sonrío, espeluznantemente satisfecha.
   El cuerpo de Robert cae sobre mí y su peso me obliga a arrodillarme para poder echarlo a un lado. Permanezco un momento en silencio, observándole casi con curiosidad.
   Al poco rato y siempre con los gritos de Mike de fondo, uno de mis vecinos reúne el valor suficiente para echar mi puerta abajo, pero hace falta más coraje que ese para enfrentarse a la escena que protagonizo.
   Yo, la dulce y encantadora Marge, todavía estoy de rodillas en el suelo. Mi brazo sangra, mi mano sangra y el resto de mi cuerpo está cubierto de una sangre que no es mía. Miro hacia el techo y luego hacia mi valiente vecino. Mi sonrisa le hiela la sangre y mis ojos azules e inhumanos le impiden correr hacia la habitación de Mike. Escuchar sus gritos de terror debe ser horrible.
   El héroe del vecindario por fin se arma de valor para ir a por Mike y lo saca de la casa a toda prisa. Escucho un grito fuera, de mujer. Probablemente una vecina ha sido demasiado curiosa y se le ha ocurrido echar un vistazo por la puerta. Pobre.
   Las sirenas revolotean a mi alrededor pero apenas soy consciente. Me doy cuenta de que no solo he sacrificado mi humanidad, sino que también he pagado el alto precio de mi cordura.
   Sonrío de nuevo porque ya no me importa. Mi hijo vivirá.