Probablemente ninguno de sus vecinos sabía de qué huía, pues eso habría implicado conocerle más a fondo de lo que ninguno de ellos deseaba. Pero sabían que no tenía amigos, que no tenía familia. Sabían que vivía solo, que rara vez salía de casa y que nunca recibía visitas. Sabían que sus padres, las únicas personas que alguna vez habían sentido afecto por él, habían muerto años atrás. Sabían que jamás había recibido una palabra de ánimo en el instituto. Sabían que jamás una chica había dejado que él la besase.
Pero no sabían lo que pensaba, lo que sentía ni lo que soñaba. No sabían que el recuerdo de sus miradas, llenas de un odio jamás comprendido, le hacía llorar por las noches. No sabían que vivir solo en aquella casa tan grande le encogía el corazón; que nunca bajaba al sótano porque tenía miedo de la oscuridad. No sabían cuánto añoraba el contacto humano, una sonrisa sincera.
No sabían lo que le gustaban los días de tormenta. No conocían la delicadeza con la que tocaba el piano. No sabían el amor que sentía por los libros ni por la cocina, ni tampoco sabían que en su jardín las flores poseían colores llenos de cariño.
En cambio, él solo sabía que era diferente. Nunca supo porqué. Siempre había sido así. Físicamente nada le diferenciaba, no tenía ninguna enfermedad, no tenía ningún trastorno. Sus padres no eran diferentes, pero nunca le dijeron porqué él sí lo era. Nunca supo porqué debía sentirse tan solo.
El día que salió de su casa corriendo, descalzo y sin camiseta bajo la lluvia de un gris día de otoño, todas las miradas se clavaron en él, pero ninguna de ellas pudo ver de qué huía. Él corría con todas sus fuerzas calle abajo, sin mirar atrás y casi sin poder respirar. Los pocos con los que se cruzó solo tuvieron tiempo de apartarse y ver cómo las lágrimas descendían por sus mejillas. Él solo corría y corría. El asfalto dio paso a la hierba húmeda y ésta a la dura roca de los acantilados.
Ahí fue donde él, por primera vez en su desbocada carrera, se detuvo. Respiraba con mayor dificultad a causa del llanto pero el tacto áspero de la roca bajo sus pies y el ensordecedor sonido de las olas paliaron poco a poco la ansiedad que le embargaba. La ira, la tristeza y el miedo fueron arrastrados por la lluvia que caía sobre su piel.
Casi podía escuchar en su cabeza los teléfonos sonar, las voces cuchicheando y las miradas de asco. Sabía que muchos de ellos deseaban que aquella inesperada salida no incluyese su regreso y eso le hizo mirar al mar durante un largo rato, sumido en pensamientos que nadie jamás conocería.
Un rayo desgarró el cielo y el sonido del trueno hizo vibrar el suelo. No lo pensó más. Con un último paso, él abandonó la tierra y se precipitó hacia el mar. Ya no había lágrimas en sus ojos, ni miedo en su corazón.
El estruendo que provocó al atravesar la agitada superficie del mar se transformó lentamente en un imponente silencio. Únicamente podía escuchar el débil sonido de las olas al romper varios metros sobre él y el de las burbujas que huían revoloteando de su boca a causa de la necesidad de respirar. Miró por última vez hacia arriba, hacia la única claridad que le acompañaría, y con brazadas decididas comenzó a nadar hacia la profundidad. Sentía que el aire escapaba de sus pulmones y que la temperatura del agua descendía rápidamente pero nada de eso le importó. Solo siguió nadando, penetrando en la gélida oscuridad del océano, con la única idea de no regresar jamás.

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