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Solo pararé para volver a tomar impulso.

Y el sol tiñó el cielo de rojo...

 
   De un rojo tan suave como los contornos de las nubes que flotan a su alrededor. El sonido de las olas y la lejana canción de las gaviotas me trasladan a un mundo donde todo es quietud, un mundo donde mi mayor molestia es una delicada brisa marina que me deja un toque salado en los labios.
   Y desde aquí la veo a ella.
   Pasea por la orilla con un paso lento y despreocupado, con las manos entrelazadas a la espalda y disfrutando del tiempo que le otorga su propia juventud. Su vestido azul y blanco ondea a su alrededor como el aura de un ángel y su cabello negro como el ónice revolotea al ritmo que marca la batuta del viento. De vez en cuando se agacha con un grácil movimiento, imagino que para recoger alguna piedra insólitamente pulida que poder añadir a su colección.
   Y cuando se levanta alza sin pensarlo la vista hacia el faro.

 
   Y desde aquí le veo a él.
   Podría reconocerle desde el otro lado del mar solo por su postura: sentado bajo la barandilla, en la cima del faro que desde allí gobierna el océano, con las piernas colgando a metros sobre la espuma de las olas. Sus pies descalzos juguetean con el fresco aliento del mar mientras escudriña el horizonte en busca de algo que nadie conoce. Aunque ahora es a mí a quien escudriña, intentando adivinar mis pensamientos desde las alturas, intentando ver mis movimientos antes de que los piense.
   Y me sonríe.
   Mis ojos no pueden asegurarlo pero mis labios sí, porque le devuelvo una sonrisa que él tampoco podrá ver.
   Ambos volvemos de nuevo la vista hacia el mar, contemplando la caída del sol y preguntándonos al mismo tiempo si en algún lugar del mundo existe un atardecer sin fin.

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