Me llevan por el pasillo, esposado. Los guardias caminan sacando pecho y con la espalda recta, tan orgullosos como si me hubiesen atrapado ellos mismos. Supongo que todavía no han asumido que su trabajo es hacer de niñera de un puñado de psicópatas y enfermos mentales.
Mi celda es individual; tan pequeña que parece la de un psiquiátrico, aunque nunca he sido amigo de los grandes espacios. Con una sonrisa "profident" también le comento eso al guardia. El segundo golpe en menos de media hora. No es un mal comienzo.
Solo tengo un camastro, un escritorio que ya debía ser bastante viejo hace cien años y una silla en cuya resistencia no confío demasiado. El ruido que hacen al cerrar la puerta resuena en todo el pasillo y se despiden a carcajadas. Se creen los matones de la cafetería, al menos, mientras nosotros estemos al otro lado de los barrotes. Veo cómo sus obesos traseros se alejan por el pasillo, bañados por los imaginativos insultos de otros reclusos.
He hecho muchas cosas a lo largo de mi vida, la mayoría de ellas bastante reprobables. Sin embargo, me han encerrado por la única que no he hecho.
"Si hubiese sido yo, jamás lo hubieseis descubierto", le solté al inútil que intentó interrogarme. Después de aquello farfulló un montón de cosas a las que no presté demasiada atención, pero mis oídos captaron dos palabras: pruebas sólidas.
¿Pruebas de qué?
A algún trastornado se le había ocurrido prenderle fuego a una casa del extrarradio mientras sus ocupantes dormían. Un matrimonio y sus dos hijas murieron mientras su casa ardía hasta los cimientos. Aparte de eso, lo único que sé es que un par de colillas con mi ADN me sitúan en el jardín trasero. Por lo demás, estoy convencido de que no tienen nada. Sin embargo, siempre se necesita un culpable.
La cárcel no me preocupa. No soy lo que se dice un santo. Lo único que me preocupa ahora es saber la verdad. ¿Por qué había colillas mías en un jardín que nunca he pisado? ¿Quién ha sido capaz de forzar mi arresto y encarcelamiento con solo dos puñeteras colillas?
Cuando me detuvieron, me estaba tomando mi acostumbrado café de las nueve de la mañana en mi cafetería habitual. Es mi única rutina predecible y me he esforzado mucho en ocultarla, así que las únicas personas que sabían dónde estaba eran los otros clientes habituales de Paul's y los propios empleados.
Debo dar por sentado que uno de ellos me ha tendido una trampa; alguien que guarda más secretos de los que creía...
Durante los días siguientes me dedico a descartar posibles candidatos: Paul y su mujer no tienen tiempo ni ganas para otra cosa que no sea su propia cafetería. Los dos camareros son estudiantes: Lucy y Peter. Lucy es encantadora pero no tiene demasiadas luces y el idiota de su novio reclama casi todo su tiempo libre. Peter es un inmigrante mexicano cuya única aspiración a largo plazo es acabar sus estudios universitarios. El cocinero se llama Chad, un antiguo granjero con más de cincuenta años que cocina con tanta vocación como alegría. Y nunca lo he visto sonreír. Su aspecto no inspira confianza, y siendo sincero, no me cuesta mucho trabajo imaginármelo prendiéndole fuego a la casa, pero no se porqué se molestaría tanto en inculparme a mí. Resultaría mucho más sencillo inculpar a cualquier otro.
Estoy seguro de que ninguno de ellos ha sido el responsable pero, ¿y los clientes?
De los once clientes habituales, solo tres tenían una mínima posibilidad de estar detrás de todo esto pero era tan poco probable que apenas merecía tenerlos en cuenta.
Ya ha pasado un mes y no he conseguido nada. Algo se me escapa pero no se el qué. Algo se me escurre entre los dedos.
En el comedor, uno de los reclusos ha intentado apuñalarme con una navaja improvisada. No estoy herido pero a él le he roto la nuez y ha muerto, así que me han metido en una celda de aislamiento durante dos semanas. Quizás la oscuridad me ayude a pensar, a ver lo que no he visto hasta ahora, pero durante los primeros días nada cambia.
Al quinto día comienzo a obsesionarme. Incluso mis sueños están plagados de posibles culpables. La idea de que cualquiera de las personas que he descartado pudiese haberlo hecho y que yo sea tan estúpido como para no darme cuenta me destroza por dentro.
Todo esto me cabrea.
Hoy en el patio he matado a otro hombre, un narcotraficante al que no le gustan las lenguas afiladas. Me han mandado de nuevo a la celda de aislamiento. La oscuridad no hace más que acrecentar mi inestabilidad y mi paranoia.
Durante la noche número veintiocho de mi aislamiento, sueño por enésima vez con la cafetería. Todos piden lo mismo. Lucy y Peter revolotean entre las mesas con eficacia. Los gruñidos malhumorados del cocinero se escuchan desde mi asiento. Yo estoy sentado en mi lugar habitual, como todo el mundo, en una esquina, junto a la ventana, siempre de espaldas a la pared. Siempre vigilándolo todo.
Pero de repente, me doy cuenta de que no vigilaba a todo el mundo. No hay once clientes habituales, hay doce. Doce jodidos clientes.
Está allí cuando llego y cuando me voy; nunca se levanta, ni para ir al aseo. No fuma; no habla; cuando estoy allí, ya está servido y nunca pide nada más, así que ninguno de los camareros se acerca a su mesa. No interactúa con nadie y su baja estatura hace que desde mi asiento, e incluso de pie, quede oculto tras el alto sillón rojo sobre el que se sienta.
Pero recuerdo ese día. Ya no se me escurre entre los dedos. No se si ha sido mi obsesión o mi paranoia, o quizás una combinación de ambas. Un día, Lucy se acerca a su mesa, y aunque no escucho en ningún momento la voz del cliente, es obvio que Lucy está hablando con alguien. Ha sido solo un instante, el escaso tiempo que el cliente ha tardado en despachar fugazmente a la camarera. Pero ya está, está ahí.
Es él.
Mañana volveré a mi régimen normal y mandaré una carta. Sí, mandaré una carta. Pero debo tener cuidado, los guardias examinan todo lo que entra y todo lo que sale. En la oscuridad las ideas fluyen más rápidas y certeras.
Vuelvo a dormirme. Sonriendo.
Cuatro días después, tengo una visita. No es en el pabellón de visitas, no. Nos han dejado una pequeña sala para nosotros. Se parece a una sala de interrogatorios: una mesa metálica, a la que me esposan, y una silla a cada lado. Un cristal polarizado gobierna la pared que hay a mis espaldas.
Permanezco sentado durante unos minutos hasta que entra mi esperada visita. Nos dejan solos, me aseguran que las cámaras no están funcionando y que no hay nadie al otro lado de cristal. Mi visita parece tener bastante influencia, y comprendo por qué estoy esposado: es la única protección que tendrá.
Mi visita es una mujer. No tiene más de treinta años, excelentemente vestida, larga melena negra... si no me hubiese encerrado, hubiese sido mi tipo.
-Me ha costado mucho descubrirla, número doce.
Ella se ríe a carcajadas.
-Puedo imaginármelo -responde, todavía sonriendo-. ¡Ah! Y su carta me ha hecho mucha gracia, aunque ha confiado demasiado en la suerte.
-No tenía nada que perder. ¿Le ha gustado mi truquito? Lo aprendí en el colegio.
-Un truco excelente: enviar la carta a la cafetería y dirigirla al cocinero. Escribió por el reverso con jugo de cebolla y de limón. Con el calor de la cocina, el contenido del reverso de la carta se hace visible. Mi sobrino lo hacía muchas veces.
-Desde la cocina la veía. Se sentaba justo enfrente así que, fuese usted quien fuese, Chad sabría perfectamete a quién me estaba refiriendo en la carta. Lo primero que decía en el reverso, era que le entregase la carta a usted. Me imagino que el pobre Chad la habrá leído entera, incluso lo que iba dirigido a usted. No creo que vuelva a ser bien recibida allí, señorita.
-Señora -me corrige-. Señora McPherson.
McPherson. Por eso tiene tantos recursos, la muy zorra. Es la mujer de un senador.
-Vayamos al grano, ¿le parece? -ella asiente con la cabeza con un gesto casi divertido-. ¿Por qué?
-No me reconoce, ¿verdad?
-Si tuviese que hacerlo, lo haría. Jamás olvido una cara.
-Me temo que esta vez sí lo has hecho. Flagstaff, Arizona.
Una chispa se me enciende.
-Eres Samantha.
Sus ojos emiten un sutil destello de confirmación.
-Mataste a Emily. Ahora estas pagando por ello.
-Parece que una familia inocente también ha pagado por ello. Es curioso, ni siquiera el motivo real de todo esto... ni siquiera eso es culpa mía. Emily murió en un accidente de tráfico.
-¡La engañaste! Estaba tan destrozada que decidió acabar con su vida.
-¿Eso es lo que te contaron tus papis?
Me río. Me río a carcajadas. La muy zorra. Samantha se levanta y aporrea la mesa con fuerza.
-¡Fue por tu culpa! ¡Hijo de la gran puta!
La bofetada me deja un suave sabor a sangre en la boca. Sigo riéndome.
-Tu hermana no se suicidó, ¿sabes? No... no lo hizo. Alguien le cortó los frenos.
-¡Seguro que fuiste tú!
-Sí... hubiese sido muy inteligente por mi parte -suelto una carcajada-, pero no, no fui yo. Yo la quería, ¿sabes? La quería. Pero tus padres no me querían tanto como a su hija. Y dicho sea de paso, tampoco querían a su hija como deberían.
-¿Qué insinúas?
-¿Es que no te imaginas todavía quién le cortó los frenos?
Vuelvo a reírme. No tengo porqué molestarme en parecer cuerdo.
-Querida Samantha... fue tu propio padre quién decidió acabar con la vida de tu hermana de una forma tan poco honorable.
Me abofetea de nuevo pero no intento defenderme, aunque si lo hubiese querido, no habría podido. Sigo esposado a una argolla, situada frente a mí, en el canto de la mesa.
-Tu padre prefería asesinar a su propia hija antes que permitirle a Emily estar conmigo.
-Y el culpable sigues siendo tú. Si no hubieses aparecido en su vida, ella seguiría viva.
No parece sorprendida por lo que le acabo de decir pero enseguida entiendo por qué. Ella ya lo sabía. Lo sabía todo.
-Entonces, ya no hay nada más que hablar.
Levanto las manos para que compruebe por sí misma lo inútil que resulta molestarse en ponerme unas esposas y su rostro palidece de golpe. No dice nada. Solo se escucha el sonido ahogado de quien intenta respirar por todos los medios pero no tiene posibilidad alguna. Puedo rodear su escuálido cuello con solo una mano y alzarla del suelo casi sin esfuerzo.
-Nadie vendrá a ayudarte -le digo-. Te has esforzado mucho en que nadie vea o escuche lo que sucede aquí por miedo a que me consideren inocente. Pero ese ha sido un error muy estúpido por tu parte -ella patalea y me mira con los ojos abiertos como platos-. Dado que no voy a poder librarme de la cárcel, al menos me quedaré por algún motivo real y no por el absurdo capricho de una zorra neurótica.
Samantha deja finalmente de moverse. La suelto y su cuerpo cae al suelo como un saco de huesos.
Y la hora de visitas llega a su fin.


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