Me apoyo contra el marco de la puerta, agotada. Me he pasado todo el día limpiando la casa de arriba a abajo y, aunque siempre he pensado que limpiar las dos plantas completas era demasiado para una persona sola, nunca he tenido el valor de insinuárselo a Robert. Él dice que es mi obligación, que soy ama de casa y éste es mi trabajo, así que no puedo quejarme. Él siempre trabaja hasta tarde, llega muy cansado y tampoco tiene un ayudante. No sería justo que yo lo tuviese, al menos eso creo yo.
Mi hijo Michael siempre me pide que descanse, que trabajo demasiado. Yo siempre me río y le digo que si yo no hago las cosas de casa, ¿quién las hará? Él asiente, triste. Últimamente siempre está triste.
Y últimamente yo siempre estoy cansada.
Rob y yo no estamos pasando por un buen momento. Él llega tan cansado de trabajar que no razona. Siempre ha sido muy claro en cuanto a mis obligaciones para con la casa, pero últimamente no admitía ningún error. El estrés puede con él.
A Michael también le está afectando. Casi no habla con él y, cuando lo hace, es a gritos. Cada vez que Mike viene a mí, llorando, le digo que su padre no dice esas cosas de verdad, que trabaja demasiado. Él me responde que yo también trabajo mucho y no digo esas cosas tan malas. A veces me pregunta que porqué no castigo a papá si se porta tan mal con todos. Yo solo le sonrío y le alboroto el pelo.
Hoy ha llegado a casa muy tarde, pero Michael aún está en el salón viendo la televisión. Mañana no tiene clase y hoy le he dejado. Cuando Robert aparece coge el mando a distancia y cambia de canal. El pequeño protesta pero solo recibe un seco "vete" como respuesta. Mike sabe que no hay más discusión y se va corriendo a su habitación y da un portazo. Rob gruñe.
Hoy también ha trabajado mucho. Sufre mucho estrés.
Me pide a gritos una cerveza y un plato de comida: "la que sea" me especifica. Le llevo la lata con un plato de macarrones gratinados que he hecho para los tres. Rob lo coge, lo mira con la nariz arrugada y lo lanza contra la pared.
-No quiero comer esta mierda, tráeme otra cosa.
Cuando le digo que no he cocinado otra cosa, su mirada es suficiente para mandarme de vuelta a la cocina. Está demasiado estresado. A lo mejor debería cambiar de trabajo.
Le escucho gritar varias veces mientras estoy en la cocina, pero no le entiendo y no puedo desatender su cena, si no, me llevaré una buena. Es normal, viene demasiado cansado de trabajar; a mi también me gustaría que todo estuviese a mi gusto después de un duro día de trabajo. Esa es mi obligación como ama de casa.
Cuando le llevo el plato con su cena recién hecha, ignoro el olor a alcohol que sé que no es por la cerveza que se está tomando. Ya ha bebido antes de llegar a casa. "Seguro que ha salido a tomar algo para intentar relajarse, está demasiado estresado" pienso. Yo también lo haría.
Prácticamente devora la cena, casi sin pensar siquiera en lo que está comiendo. El partido de fútbol atrae casi toda su atención. Me pide otra cerveza. Voy a por ella obedientemente pero al volver, tropiezo, y le derramo una poca por encima.
Pero eso es suficiente.
Veo la ira en sus ojos y yo cierro los míos al ver venir el golpe. Me lo merezco por ser tan torpe, y no es la primera vez. Caigo hacia atrás y tiro a mi paso una antiquísima estantería de vidrio. El estrépito hace salir a Mike corriendo de su habitación, pero al ver la escena se para en seco, conmocionado. Su padre está de pie, enfurecido, con los puños cerrados, mientras su madre intenta ponerse de pie entre cristales y adornos desperdigados por el suelo.
Rob le mira, pero en sus ojos no encuentra a su padre y el niño empieza a llorar. Me acerco a él y me abraza mientras grita sin cesar "¿porqué le pegas a mamá?".
-Porque es una zorra inútil.
La respuesta desconcierta al niño y a mí me aterra. Robert sigue furioso y aquello no ha terminado todavía. Se acerca poco a poco, dispuesto a asestar un segundo golpe.
Antes de poder darme cuenta, Mike se pone entre los dos, todavía sollozando, pero la determinación de un niño de seis años frente a la ira de un adulto no es suficiente. Intento apartarlo enseguida pero el primer golpe lo recibe él.
Ha sido una patada en el estómago.
No puedo evitar ahogar un grito cuando siento cómo el aire abandona los pulmones de mi hijo, como si se tratara de mis propios pulmones. Rob lo aparta de un empellón para tener el camino despejado. Yo intento correr hacia Mikey pero Rob me lo impide con otro golpe. Veo con alivio como Mike se levanta poco a poco mientras intenta recobrar de nuevo la respiración. Pero Rob vuelve a fijarse en su hijo. Vuelve a ser una molestia.
"No, a mi hijo no."
Veo que Rob coge una tabla que antes formaba parte de la estantería ya destrozada. La sangre deja de correr por mis venas cuando veo que al final de tabla todavía quedan clavos sobresaliendo. Es la parte con la pretende golpear a Mike.
La mirada de mi hijo se clava en mí sin piedad. Sus intensos ojos azules, ahora abiertos de par en par, me suplican ayuda. Mike intenta retroceder lo más rápido posible hasta que su espalda toca la pared. Mira a su padre, me mira a mí de nuevo y el pánico le desencaja el rostro de una manera que no puedo soportar.
Algo se rompe dentro de mí. La sangre vuelve a circular, pero no es como antes. Dejo de sentir dolor, dejo de sentir miedo.
No siento nada.
-Michael, vete a tu habitación.
El tono de mi voz es tan gélido e inhumano que incluso Rob, inmerso en su propia locura, se da la vuelta para mirarme. Michael aprovecha ese momento para salir corriendo, con esa velocidad que solo el miedo a la muerte puede inducir. Debería haber sentido una lástima horrible, mi hijo... solo seis años... y ya había visto a la muerte en los ojos y las manos de su propio padre.
Aunque ahora no sé que habrá visto en los míos.
Rob inclina la cabeza, con aquellos ojos verdes convertidos en dura piedra. Pero veo que esta vez no se acerca. Ve en mis ojos que algo ha cambiado. Podría golpearme con esa tabla y matarme de un solo golpe. Él sabe que yo lo sé.
Escucho de fondo como Mike sigue llorando a pleno pulmón en su cuarto. Sus gritos serían capaces de desgarrar el alma de cualquiera y seguro que ya han alertado a los vecinos. Mejor. Alguien tendrá que ocuparse de él, porque hoy uno de sus padres estará muerto y el otro en comisaría con las manos llenas de sangre.
Y yo ya sé quién morirá hoy, aunque nunca me lo hubiera imaginado tras abrir la nevera en busca de aquella cerveza.
Veo venir la tabla y me agacho con tanta tranquilidad como rapidez. Me lanzo hacia la estantería rota y cojo un gran trozo de cristal.
Rob está demasiado ciego por la ira. Lanza su último golpe y siento como los clavos penetran en la carne de mi brazo. No hay dolor. Con una frialdad que antes me hubiese horrorizado, agarro con fuerza el trozo de cristal y se lo clavo en la garganta a Rob.
Su sangre se mezcla con la de los cortes de mi mano. Está caliente.
La expresión de Rob es de burda sorpresa y la luz de sus ojos verdes se extingue tan rápido como su locura. Sus manos pierden fuerza y la tabla cae, desgarrando la herida de mi brazo.
Sonrío, espeluznantemente satisfecha.
El cuerpo de Robert cae sobre mí y su peso me obliga a arrodillarme para poder echarlo a un lado. Permanezco un momento en silencio, observándole casi con curiosidad.
Al poco rato y siempre con los gritos de Mike de fondo, uno de mis vecinos reúne el valor suficiente para echar mi puerta abajo, pero hace falta más coraje que ese para enfrentarse a la escena que protagonizo.
Yo, la dulce y encantadora Marge, todavía estoy de rodillas en el suelo. Mi brazo sangra, mi mano sangra y el resto de mi cuerpo está cubierto de una sangre que no es mía. Miro hacia el techo y luego hacia mi valiente vecino. Mi sonrisa le hiela la sangre y mis ojos azules e inhumanos le impiden correr hacia la habitación de Mike. Escuchar sus gritos de terror debe ser horrible.
El héroe del vecindario por fin se arma de valor para ir a por Mike y lo saca de la casa a toda prisa. Escucho un grito fuera, de mujer. Probablemente una vecina ha sido demasiado curiosa y se le ha ocurrido echar un vistazo por la puerta. Pobre.
Las sirenas revolotean a mi alrededor pero apenas soy consciente. Me doy cuenta de que no solo he sacrificado mi humanidad, sino que también he pagado el alto precio de mi cordura.
Sonrío de nuevo porque ya no me importa. Mi hijo vivirá.

No hay comentarios:
Publicar un comentario